Yo escribí al coronel

El coronel no tiene quien le escriba es una novela corta fechada por Gabriel García Márquez en enero de 1957. No vería la luz hasta cuatro años más tarde, en 1961. Si atendemos a la bibliografía del gran Gabo, aparece en segundo lugar:

  • La hojarasca (novela, 1955).
  • El coronel no tiene quien le escriba (novela, 1961).
  • La mala hora (novela, 1962).
  • Los funerales de la Mamá Grande (relatos, 1962).

Leí los cuatro libros en fantásticos ejemplares de la editorial Rotativa, con tapa dura y cierta tendencia al desencuadernado que nos mantenía en vilo. Os muestro sus portadas.

 

Contornos (106) La hojarasca

Contornos (106) El coronel no tieneContornos (106) La mala horaContornos (106) Los funerales

 

 

 

 

 

 

 

Estos trabajos preceden a la celebrada novela Cien años de soledad (1967) y suele decirse que son paseos breves para ejercitar el tranco antes de emprender el largo camino de la obra mayor. Yo no lo creo así. Defiendo con tantos argumentos como se me demanden que El coronel es una obra maestra que no necesita de la epopeya ni de la saga para cuadrar el círculo.

Su lectura me llevó a pontificar sobre la extensión ideal de un libro: 150 páginas, salvo que sea saga o autobiografía. Después, andados los años, la realidad de lo publicado me obligó a tragarme mis aseveraciones. Pero entonces, cuando era infeliz e indocumentado, todos los ejemplos que se me ocurrían quedaban sometidos a la máxima, fuesen novelas breves o volúmenes de relatos. Márquez, Sabato, Onetti, Rulfo, Salinger, Huxley, Beckett, Duras, Pirandello o Böll entraban en el canon.

En una ocasión me preguntaron de dónde venía mi admiración por El coronel. Basta con conocer una cualquiera de mis obras para entenderlo. Maneja, con habilidad de cirujano, dos conceptos que son muy afines: la dignidad en la derrota y la voluntad de creer cuando ya nadie cree. Ese coronel, en el fondo, soy yo.

El coronel no tiene quien le escriba representa, entre otros símbolos, la esperanza. La esperanza como tabla de salvación. La esperanza como alimento. Como elixir de la eterna vejez. Sirvió a los hombres en el pasado, sirvió al coronel en 1956 y debería servir hoy en día, cuando vivimos situaciones catastróficas que nos hacen despreciar esas figuras que llaman poderes fácticos.

Esta semana vi, con dolor, la fotografía de un niño tendido en una playa, boca abajo, muerto. Su padre no encontró su Ítaca, ni su tierra prometida ni el edén que disfrazamos de civilización. Su padre partió de su lugar de origen con los suyos y un buen depósito de esperanza, para acabar afrontando, con la impotencia del caso, la peor de las tragedias. La que te culpa de la muerte de tu criatura.

El coronel respiraba gracias a la esperanza depositada en una carta. Gabriel García Márquez escribía esa novela, en París, apostando toda su esperanza a ese centenar corto de páginas. Yo supe, tras su lectura, que la esperanza de la felicidad pasaba por una concepción literaria centrada en el amor por el detalle, por lo pequeño, en fondo y forma, y el respeto a los protagonistas. Todo ese caudal de buen ánimo o de teologal virtud, tan aparentemente fructífera, nada significa cuando la esperanza de un padre se ahoga con su hijo.

Su llanto es nuestro llanto. Su dolor debe ser nuestro dolor. La miserable humanidad no ha sido capaz de crear un mundo habitable y pacífico. La especulación se impone sobre los más elementales decálogos. Es entonces cuando el autor se percata de que la hermosa letra impresa no resuelve todas las grandes cuestiones pendientes, por mucho que, en su día, hubiese escrito al coronel.

Sumido en la frustración, altivo a pesar de la debacle, sólo se me ocurre pronunciar una palabra. La palabra que cierra la novela.

—Mierda.

1 Comentario

  1. Que recuerdos, Fernando, los libros de rotativa. Me ha gustado mucho tu reflexion sobre la esperanza y la desesperanza. Un abrazo y sigue con esta entretenida web. Luisa.

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