Una de las consecuencias del síndrome de fatiga crónica que padezco desde hace casi 25 años es la hiperacusia.

Que no se me entienda mal. Nunca tuve la inclinación de chivarme de las chiquilladas que hacían o decían mis compañeros, ni en el bachillerato más salvaje, ni en la universidad más recalcitrante y politécnica, ni en mi profesión de ferroviario ocupado en que los carriles formasen dos paralelas que no se aproximaran ni siquiera en el más remoto infinito. La hiperacusia, según cuentan, es la hipersensibilidad auditiva, creando intolerancia a la mayoría de los sonidos cotidianos. Me pasa hasta con el roce de una tela.

Al principio creí que tenía uno de esos superpoderes que te permiten vestirte con los calzoncillos por fuera y lucirte cazando enemigos de la ciudadanía de nombre ridículo. Pronto comprendí que mi gozo acabaría en el pozo de las decepciones. Oigo lo que habla por teléfono mi vecina —aguda, de voz, por cierto—, pero dejo de percibir con nitidez cuando se mezclan varios sonidos. De hecho, no distingo lo que me dice mi costilla si la televisión está puesta. Da igual el volumen de una u otra, indefectiblemente las palabras acaban convertidas en agresión acústica, amplio de orejas como vengo siendo desde que uso mascarilla para protegerme de los muchos virus, literales y figurados, que me rodean.

Rechazo el ruido tanto como aprecio el silencio. El silencio equilibrado, sensato, el que deja alcanzar la serenidad sin sentir el agobio de la nada. El silencio absoluto, lo confieso, me da grima. Concede un innecesario protagonismo a mi respiración. Y mi respiración es el peor de los ruidos, ya que carece de armonía y me recuerda que la vida pende de un hilo.

El silencio sensato, un raro trébol de cuatro hojas…

Mucho se ha escrito en favor del silencio. Destacable es la Biografía del silencio, de Pablo D’ors, si bien este ensayo lo asocia con la concentración, con la meditación, en un proceso que tiene por objetivo descubrir y descubrirse.

Me daba perfecta cuenta de que eso de sentarse sin hacer nada más era algo tan ajeno a mi formación y experiencia como, por contradictorio que parezca, connatural a lo que en el fondo yo era. Sin embargo, había algo muy poderoso que tiraba de mí: la intuición de que el camino de la meditación silenciosa me conduciría al encuentro conmigo mismo tanto o más que la literatura, a la que siempre he sido muy aficionado.

Alain Corbin, en su Historia del silencio, rastrea en textos que van desde el Renacimiento hasta el presente en busca de referencias al silencio. En su preludio, califica el silencio como «el lugar interior del que surge la palabra».

En otros tiempos, los occidentales apreciaban la profundidad y los sabores del silencio. Lo consideraban como la condición del recogimiento, de la escucha de uno mismo, de la meditación, de la plegaria, de la fantasía, de la creación; sobre todo, como el lugar interior del que surge la palabra.

Destacaré, igualmente, una obra singular. No sufrir compañía, de Ramón Andrés, que aborda escritos sobre el silencio pertenecientes a los místicos españoles de los siglos XVI y XVII. Pero, antes de alcanzar estos, nos deja un texto preliminar que nos explica qué ha venido siendo este sustantivo para escritores, filósofos y eruditos: «Es el silencio, o puede ser, un mandato del alma (Spinoza), lo que queda del mundo y de la muerte, su despojo (Shakespeare), aquello en que la forma se desconoce Agustín), el más fiel de los confidentes (Kierkegaard), la puerta de entrada de la sabiduría (Juan de la Cruz), el resultado de toda obra (Bergson), el espacio entre la aspiración y la espiración, que siempre es reinicio (Gadamer), el engarce entre los signos que buscan un sentido (Humboldt), lo previo frente a la trascendencia (Jaspers), lo no dicho e imposible de decir (Wittgenstein), el obligado camino entre el exterior y el interior (Heidegger), el modo de cubrir la distancia infinita (Weil)».

Tampoco faltan las máximas, apotegmas, aforismos y sentencias que versan sobre el silencio. Son muchas, muchísimas, las que han llegado hasta nuestros días. Casi todas relacionan el silencio del precavido con el comedimiento y la inteligencia, dejando para el parlanchín el desacierto y la crítica. Destacaría, no obstante, unas cuantas que expresan verdadero ingenio. Ahí van siete.

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Soy tan partidario de la disciplina del silencio que podría hablar horas enteras sobre ella

(George Bernard Shaw)

A los silenciosos no se les puede quitar la palabra

(Stanislaw Jerzy Lec)

De todas las reacciones posibles ante una injuria, la más hábil y económica es el silencio

(Santiago Ramón y Cajal)

El silencio es un verdadero amigo que nunca te traiciona

(Confucio)

Nada fortalece la autoridad tanto como el silencio

(Leonardo da Vinci)

Hay que guardarse de un agua silenciosa, de un perro silencioso y de un enemigo silencioso

(Proverbio judío)

El silencio es el ruido más fuerte, quizás el más fuerte de los ruidos

(Miles Davis)

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Superada la idea del silencio como musa creativa, Davis va más lejos al plantear su uso como parte de la composición artística. Algo fácil de entender en música, expresable con no poca limitación en pintura y escultura, y casi siempre insustancial en literatura. Insustancial porque, paradójicamente, constituye la estructura misma de la frase. Si pensamos en la unidad que denominamos palabra y acudimos a la definición del diccionario, nos encontramos la siguiente joya: «… se separa de las demás [palabras] mediante pausas potenciales en la pronunciación y blancos en la escritura».

Las notas musicales dan paso a la ausencia de sonido; las palabras se rodean de la pausa al hablar y del espacio blanco al escribir. El silencio, tan deseado, encuentra un aliado modesto en algunas acepciones del término «blanco». Si el silencio alcanza la categoría de dios en el mundo helénico, el blanco se hermana con ambiciones menores como la pausa, siempre breve, y el ruido que permite la relajación y el sueño. Son ruidos blancos, a decir de los entendidos, la televisión cuando se pone bajita, la radio sin sintonizar o el rumor del aparato de aire acondicionado.

¿Resuelto mi problema? ¡Quia!, que diría uno de mis tíos abuelos, hombre económico en cuyo honor escribí Desdén de la palabra. La televisión se llena de sobresaltos cada vez que llegan los anuncios, la radio tiende al chisporroteo más irritante y mi cacharro del aire es un ventilador que zumba como la más abnegada de las abejas.

En conclusión, raro es el día que no amanezco y me acuesto con la cabeza como un bombo, bombo yo y bombo mi superyó. No me extenderé en explicaciones baldías sobre lo que se cuece en mi azotea. Podéis contemplarlo en la obra que el pintor chileno Daniel Sepúlveda tituló, con inmejorable criterio, Ruido.

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—Y, visto lo visto, ¿qué opinas del silencio?

—¿Yo? Más vale que me calle.