Sinopsis

«Un hombre inmóvil, de mirada ausente, apoya la cabeza en la ventanilla de un tren. Escucha un pitido intenso, que parece no molestarle, y nada más. En ese momento, aislado, llega a la convicción de que va a morir».

Un atentado desata el terror y despierta el instinto de un par de profesionales de amplia trayectoria que, convencidos de su inminente final, abordan con perspectivas muy diferentes el deseo de ser recordados.

Set, guionista justiciero, y Tomás, sabueso infalible, se retarán en una serie de asesinatos que replican los inmortalizados en películas de culto, desencadenando una trama que ha de conducirlos a su irrenunciable destino. Si jinetes del Apocalipsis se citan en Madrid para sembrar el caos y cosechar la catástrofe, alguien tendrá que descabalgarlos.

Los espacios efímeros relata la historia de dos vidas paralelas, resignadas, que se quiebran hasta converger por un breve periodo en una causa superior.

Los espacios efímeros es el thriller de nuestros miedos. El miedo a la soledad, el miedo a la muerte, el miedo al olvido.

Fragmento del libro

Un hombre inmóvil, de mirada ausente, apoya la cabeza en la ventanilla de un tren. Escucha un pitido intenso, que parece no molestarle, y nada más. En ese momento, aislado, llega a la convicción de que va a morir.

Alguien se le acerca, le toca el hombro y dice algo que no oye. Tarda en fijar sus ojos en el extraño. Lleva uniforme, y le habla sin que acierte a interpretar el movimiento de sus labios ni a articular una sola palabra. Sin aviso aparente, los oídos se destaponan y comprende que ese desconocido, servidor del orden, funcionario de ferrocarriles o similar, se interesa por su estado. Estoy bien, responde.

Visto desde fuera, no es el único que permanece quieto. Se diferencia del resto en que los demás yacen en el suelo, cubiertos de sangre, con miembros seccionados. La fortuna ha hecho de él uno de los pocos supervivientes del vagón. Se pregunta qué ha sucedido. Una bomba, contesta el interventor en ruta mientras un par de sanitarios acuden a taparlo con una de esas láminas térmicas que se asemejan al envoltorio de una tableta de chocolate. Hace amago de levantarse, pero pierde el equilibrio. Lo sientan. Échenme agua en la cara, ruega cuando ya se han ido.

Su primer pensamiento, tras descender del tren y percatarse de la magnitud de la catástrofe, lo devuelve a la impresión anterior. Si voy a morir, para qué desperdicia el destino este regalo conmigo. Podría haber salvado a un estudiante con futuro o a un niño adorado por su madre. El pitido regresa. Se lleva la mano a la oreja. Una gota de sangre, símbolo del momento, se adhiere a su dedo índice.

Mientras camina dificultosamente sobre las traviesas y el balasto de la vía, ajeno a una realidad imposible de asumir, fija su pensamiento en el calendario. Es lunes, 11 de marzo, ideal para una necrológica. Se imagina la muerte examinándolo durante el destello de la explosión para, tras un guiño casi cómico, pasar de largo sin poner su mano sobre él. Una muerte cinematográfica, de buena estatura, con vestidura talar y una guadaña en la mano, que camina con la prestancia de Bengt Ekerot, el actor que la representa en El séptimo sello, la afamada película de Bergman.

La muerte podría ser la más grande de las bendiciones. Acababa de leer esas palabras, atribuidas a Sócrates, cuando se desencadenó la tragedia.

Publicaciones

Editorial Algaida, 2024. ISBN 978-84-9189-893-1.

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