No hablaré, aunque pudiera parecerlo, de las personas que padecen el mal de la bibliofilia. Bastante tienen ellos, los pobres, como para que venga yo a tacharlos de fanáticos que valoran más el envoltorio que el trabajo del escritor.

El pasado martes, día 21, el Museo del Prado inauguró una exposición temporal del máximo interés. Su título, Arte y transformaciones sociales en España (1885-1910). La visitaremos próximamente, y puedo asegurar que vale pena. Entre los pintores escogidos, destaca uno que conozco desde hace tiempo y que dio origen a una escena relevante de la novela De lo visible y lo invisible. Se trata de don José Jiménez Aranda, el de la foto del autorretrato de arriba.

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La desgracia, arriba reproducida, es probablemente su obra más célebre, habiendo sido premiada en la Exposición Nacional de 1890. Con todo, no es la que me llamó la atención en su momento y, tras minucioso examen, me encandiló.

Jiménez Aranda nació en Sevilla en 1837 y, aunque viajó lo suyo, no se olvidó de su ciudad a la hora de morir, sesenta y seis años después. Sus trabajos destacan siempre por su expresividad y detalle, dominando la figura humana y sus escorzos. Los bibliófilos es otra buena muestra de ello.

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Los bibliófilos es, en sí misma, una historia que comienza a las puertas de la librería del Buen Suceso y acaba como el rosario de la aurora. Alguna noche de crudo invierno, para quitarme el frío, la escribiré. La pintura fue presentada en París en 1880 y hubieron de pasar más de cien años para que me topara con ella en una de mis periódicas visitas a la Feria del Libro Antiguo y de Ocasión.

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Intenté hacerme con uno de aquellos carteles, sin éxito. Indagué sobre el autor. Vi que era paisano y, sin pensármelo mucho, decidí que yo también viviría sesenta y seis —¡66!— años. Ya queda menos, murmuro cuando admiro tan valiosa librería.