Si Max von Sydow es Antonius Block, el caballero que se enfrenta a la Muerte en una partida de ajedrez convertida en engaño y sacrificio, Donald Sutherland ha de ser, necesariamente, Giacomo Casanova.

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Pero no un Casanova cualquiera, sino el auténtico, el de Fellini. Basta leer unas páginas de la Historia de mi vida escrita por el ínclito para comprender que sí es posible simplificar la figura del héroe hasta convertirla en personaje, porque el propio don Giacomo así lo quiso. Y así lo entendió el director. Como lo entendió, igualmente, el actor, insuperable al mostrar las edades y maduración del mito.

La primera vez que vi la película se me hizo larga. La segunda, sus 148 minutos transcurrieron de manera ordenada, musical, ofreciendo a manos llenas eso que llaman «la magia del cine». Un cine que, en realidad, no era tal, sino una fastuosa obra de teatro en múltiples escenarios. Nada como ver a Casanova remando en plena tormenta, sobre un océano de plástico —el plástico con que se fabrican las bolsas de basura— cuajado de amenazantes olas.

Con todo, Giacomo Sutherland no es, ni mucho más, actor de una sola película. Sutherland salva el personaje que toca, por mala que sea la obra. Hizo de todo y lo hizo bien. Inolvidable en MASH, Novecento y La invasión de los ultracuerpos, inmortal en Klute, recibió un óscar por su trayectoria en 2017. El premio que te condena al ostracismo y, aun así, siguió trabajando.

Actor de sonrisa cínica e irrepetible, canadiense por más señas, también fue modelo para uno de mis personajes de novela. Gratitud eterna por el regalo.

Descanse en paz con todos los honores mientras continúa, inasequible al desaliento, en nuestros cines, televisores y pantallas de cualquier tecnología.

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