00:00 horas del día 12 de noviembre de 2022, el instante en que el tiempo se detiene y yo sigo moviéndome. A cámara lenta, dubitativo, pero con pulso.

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Algún día, en una entrevista, me permitiré el siguiente diálogo.

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—El inspector López Bosio, Lobo, está a punto de jubilarse, desengañado, cuando aparece este asesino singular. ¿Se necesita un último trabajo en la despedida?

—Se necesita estar conforme con uno mismo en la despedida. Una vida laboral de cuarenta años no se resuelve en una tarea postrera, pero no deja de ser cierto que predispone para lo que ha de venir. Lobo encuentra en este caso singular, distinto a todo lo experimentado, la última motivación.

—Pero Lobo es un policía descreído. No cree ni en la justicia.

—Es más escéptico que descreído… En lo que no cree Lobo es en la cadena de mando y lo mucho que esta implica. Cualquiera que haya conocido un ministerio sabe que, en sus dependencias, esa cadena ha sido forjada con materiales heterogéneos y tiende a romperse. Hay demasiados eslabones débiles y fuertes. Los primeros suelen pecar de sumisos. Los segundos obedecen a intereses espurios, personales o de clan. Una estructura de esa índole, sin apenas grados de libertad, colapsa.

—Le sale la vena de ingeniero.

—Solo por un instante. De esa enfermedad se libra uno con el tiempo, la jubilación es sanadora. No ocurre lo mismo con el mal de la literatura, que se cronifica.

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Tomás López Bosio, Lobo, es el policía que se enfrenta a su último caso en una novela que vengo escribiendo desde que la pandemia lo puso todo en riesgo. He sobrevivido, con dolor, a familiares y amigos. He concluido la última tarea ferroviaria y tomo el tren que construí durante cuarenta años. O mejor, lo cambio por un vuelo. El vuelo, siempre corto, de una nueva edad que anticipo con gusto.

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