Alicia cumple 150 años

Alicia en el País de las Maravillas vio la luz el 24 de mayo de 1865. Han pasado 150 años desde aquel modesto acontecimiento que, sin duda, tuvo trascendencia en la historia de la literatura y en la vida del matemático Charles Lutwidge Dodgson. Aquel día fue rebautizado. A partir de ese momento, el mundo anglosajón y todos los mundos posibles lo llamaron Lewis Carroll.

Alicia es un libro complejo e influyente. Es una de las más disparatadas mutaciones de la vida real (victoriana) en novela. Y goza de todos los ingredientes para llamar la atención de los niños lectores y de los adultos con ganas de rascar el papel hasta encontrar el fondo y trasfondo de cada párrafo.

Yo también estoy de aniversario redondo. Llevo ocho lustros leyendo Alicia y, a estas alturas, puedo afirmar que nunca me cansaré de visitarlo. Una concatenación de circunstancias ha hecho que sea precisamente este año, el que hace 3/2 de centuria, el que vea la luz mi más significativa aproximación literaria a Alicia, a Carroll y a Dodgson. Sin ellos, Yo también fui Jack el Destripador no existiría. De modo que, soberbio de mí, me uno a la fiesta de celebración.

Ya puestos, os dejo un fragmento de la obra en que se puede apreciar, dejando aparte la aventura puramente policiaca que parece ser el mejor anzuelo para las clásicas críticas literarias, el espíritu que la impregna: recreación creíble, fidelidad a la verdad de los hechos y marco social de la Inglaterra que se rebela contra una industrialización que no sabe de derechos… humanos. Lo demás, es novela.

Recuerdo que el último día de junio de 1888, en la tertulia en que me vi envuelto se hablaba de la migraña y el láudano. De la migraña y el tratamiento mesmérico. De Lewis Carroll.

—Si hemos de hacer caso a nuestro original Carroll, sin las migrañas no podría haber escrito importantes fragmentos de su obra —dijo el que llevaba la voz cantante.

—La visión distorsionada de la imagen corporal y las alucinaciones dispara­tadas son síntomas frecuentes —apuntó un joven médico.

—De la migraña… y del abuso de algunas sustancias que todos hemos proba­do en un instante de sacrificada investigación —añadió, con malicia, un tercero.

Tomé una cerilla, la encendí con mucha ceremonia y la acerqué a los ojos del chistoso. Le dije que se olvidara de la llama y concentrase su atención en mí. ¿Qué ve?, pregunté sin preguntar. Puedo ser Riordan, el Sombrerero o la Oruga azul sentada en una seta que fuma de un narguile, ¿verdad? Pues, parodiando a la Oruga, le daré un consejo: “Modere su mala baba, buen señor”. Me levanté y lo dejé con la palabra en la boca.

Aquella cerilla me supuso alguna que otra alabanza. Harto de las laudatorias por mi capacidad para memorizar, el aplauso por la defensa que había hecho de Dodgson me llenó de orgullo. Había sido un buen golpe de efecto. Lo cierto es que a nadie se le escapa que los cambios de tamaño que padece Alicia cuando muerde la seta responden a una macropsia y una micropsia caracterís­ticas en la ingesta de la amanita muscaria, por ejemplo. Una seta con grandes aplicaciones, sin duda.

Dos días más tarde, una cerilla de la misma familia serviría para incendiar Londres. Dicho a la manera de uno de nuestros periódicos efectistas de la época. El día 2 de julio se produjo el despido de una trabajadora de la fábrica de cerillas Bryant & May, provocando una huelga sin precedentes. El origen del enfrentamiento se hallaba en un artículo del semanal The Link, publicado el 23 de junio. La esclavitud blanca en Londres, se titulaba, y era firmado por una mujer; Annie Besant. Los directivos de Bryant & May, enfurecidos por lo que allí se exponía, intentaron que sus empleados suscribiesen un papel desautorizando a la periodista, sin éxito.

Al finalizar el día 2, mil cuatrocientas mujeres y niñas trabaja­doras se adhirie­ron a la huelga. No soportaban más las catorce horas de jornada, los salarios paupérrimos, las sanciones excesivas y las condiciones insalubres provocadas por el manejo del fósforo blanco. Las negociaciones con la empresa no prosperaron y cuatro días más tarde la factoría entera paró. Un grupo de huelguistas pidió la asistencia de Annie Besant. Estaban en la calle y sin sustento alguno. Se creó entonces un fondo de huelga. Diversos periódicos recogieron donaciones de sus lectores. Miembros del club Dióge­nes contribuyeron económicamente y con sus contactos para acrecentar el eco de la huelga. Líderes de la Sociedad Fabiana entre los que se encontraban George Bernard Shaw y Sidney Webb participaron en el reparto de las cantidades recaudadas. El 11 de julio, las representantes del comité de huelga ponían el pie en el Parlamento. El 16, los responsables de la fábrica aceptaban unas condiciones que suponían la supresión de multas y otras tasas que disminuían sensiblemente los salarios, al tiempo que se habilitaban áreas específicas como comedor, evitando así la contaminación de los alimentos con el fósforo. Era el triunfo del proletariado. Un triunfo menor, pero que fue celebrado por todo lo alto.

1 Comentario

  1. Sinceramente pensaba que sería una novela de accion, con el objetivo de detener al destripador mas famoso de la historia. Ayuda leer los fragmentos que pone. Me ha interesado.

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