No es la primera vez que me ocurre, pero tampoco es frecuente. Me trago una película, la aprecio y trato de averiguar la razón última de mi afinidad. Suele relacionarse con el guion, la fotografía o esa peculiaridad tan llamativa que aporta el director. Raramente con la música. También los actores, por supuesto, pueden ser el motivo de mi aplauso.

Por fin he visto Saben aquell. No son pocas sus virtudes, superando en número y relevancia a los defectos. Cualquiera diría que la falta de pretensión es la mayor de ellas. Yo, en cambio, he centrado mi interés en los elegidos que aceptaron el reto de ponerse delante de la cámara. Normalmente el éxito de una obra no recae sobre un único artista y su personaje, aunque hay excepciones tan sobresalientes como la niña Ana de Ana Torrent (El espíritu de la colmena, Erice, 1973), el Harry Caul de Gene Hackman (La conversación, Coppola, 1974), el Travis Bickle de Robert de Niro (Taxi Driver, Scorsese, 1976), el soldado Woyzeck de Klaus Kinski (Woyzeck, Herzog, 1979) o la Matty Walker de Kathleen Turner (Fuego en el cuerpo, Kasdan, 1981).

En Saben aquell, todos los actores principales hacen un buen trabajo. David Verdaguer está magnífico en su papel de Eugenio, otorgando credibilidad a los más ínfimos matices de su voz. Y luego, levitando sobre el peldaño superior de la escalera, se encuentra la estrella que rinde el mejor homenaje a la esposa del humorista, Conchita. Se llama Carolina Yuste.

Carolina Yuste es un portento. «Está haciendo memorable cada personaje que interpreta», afirma el crítico Carlos Boyero en una frase a la que solo le sobran las tres últimas palabras. Sí, los trabajos de Carolina, ya sean protagonistas o secundarios, son memorables…

Memorable: 1adj. Digno de memoria.

… Pero Carolina Yuste no interpreta. No construye personajes. Eso se lo deja a los actores, esforzados de tan noble oficio. Ella simplemente —¡simplemente!— muta en la persona que le toca en cada encargo que asume. Los minutos que está en pantalla engrandecen la película, hasta el punto de que nos permiten imaginar qué hace durante el tiempo que se ausenta. La he disfrutado en Carmen y Lola (2018), Chavalas (2021), Chinas (2023) y la citada Saben aquell, y estoy dispuesto a ver cualquier obra en que salga.

Carolina Yuste es cine y, por ello, es también vida. Vidas. Vidas que dignifica con naturalidad y abrumadora eficacia, provocando mi admiración y mi aplauso. Que lloren de envidia James Dean y todo el Actors Studio.

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Carolina Yuste vino al mundo en Badajoz, en 1991, con dos apellidos: Ortega y Yuste. El primero lo extravió en los carteles anunciadores.

Estudió en Madrid, en la Real Escuela Superior de Arte Dramático, y comenzó su andadura en una compañía de teatro.

Su primer papel en el cine data de 2016: Historias románticas (un poco) cabronas, de Alejandro González Ygoa.