[Diario de ausencias y acomodos]

La mañana que salió de casa es un cuento inédito con historia. Constituye el germen de mi segunda novela, El hombre más perseguido, y contiene uno de esos finales que me gustaría pensar que, más que redondos, ejemplifican la cuadratura del círculo.

Cierra el volumen de relatos y comienza así.

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La mañana que salió de casa con el paraguas sin abrir, diluviando como estaba, ella tenía veintidós años, un cabello largo y oscuro, y las mejores piernas que recordarse puedan. Llevábamos un mes escaso de relación, si me permites denominar así a nuestras esporádicas idas y venidas de los pares a los impares de la calle. El otoño se había instalado en nuestro barrio como un inquilino más del diecinueve, más persistente que el Tísico, pobre viudo demudado por el fallecimiento de su esposa y la silicosis, más atronador que el disco de Silvio Rodríguez que ella ponía. Con la premura del momento, había dejado atrás la gabardina y, mientras corría por la calzada tras la cortina de lluvia, el agua se me calaba en el jersey con saña, susurrándome aquí estoy, muchacho, y vengo a quedarme una larga temporada en tu piel y en tus pulmones.

 

Es tanta la violencia emocional que desborda este relato que resultaba difícil asociarlo a una imagen determinada, procediese de una película, de una fotografía o de una pintura.

No se trataba de reproducir un disparo o un borbotón de sangre. Se trataba de entender la desesperación, la ira, del que se siente vejado por los poderes injustos que emanan de una de tantas dictaduras, que, a la postre, son la misma. Un acto de violencia que te cambia la vida y, de paso, provoca una revolución en tu carácter.

Durante años la instantánea estuvo en mi cabeza, esperando a verse materializada. Guillaume Bresson lo hizo posible con un cuadro que ni siquiera tiene título.