Sinopsis

Para olvidar quién fuiste se inicia en 1945, en plena caída de Berlín, construyendo un relato de la Europa de posguerra que nos traslada desde el campo de concentración de Mauthausen hasta la Alemania de los encubridores de criminales del nazismo, el Vaticano, la España preconstitucional y una Lisboa que recibe con júbilo la revolución de los claveles. Un marco irrepetible para la persecución sin cuartel de uno de los muchos médicos tristemente famosos por el trato que concedieron a los prisioneros de la contienda mundial.

Para olvidar quién fuiste es una historia de cazadores de nazis, personajes atípicos que dedican su vida a una causa justa que, desgastada por el paso del tiempo, acaba adquiriendo resonancias de venganza. Y es en los personajes, perseguidores y perseguidos, donde se cimienta esta novela. Porque los primeros, personas tan corrientes como extraordinarias, dan vida a una anómala saga familiar, mientras los segundos constituyen el retrato fijo del clan en fuga.

Será el encuentro casual de sus dos vástagos el percutor que active el desenlace en el mejor escenario posible: la Patagonia, el refugio de los huidos, el remedo de la Europa que éstos añoran.

Para olvidar quién fuiste escapa de las clásicas obras de género para construir un relato intimista, poco complaciente, de unos cazanazis que hipotecaron su futuro en el empeño de no olvidar y, a la vez, ser olvidados. Con una estructura minuciosamente trabajada, un lenguaje certero y un tono comedido, nos sumerge en un mundo que suele venderse en negros muy negros o en el tecnicolor de las grandes producciones cinematográficas. Aquí, en cambio, encontraremos hombres, mujeres y niños originales hasta en las taras, pero de carne y hueso. Auténticas víctimas de su destino, capaces de asumir la queja de una vida con la apariencia de la nieve sucia que se les derrite entre los dedos y poner el punto final a la historia que sus antepasados dejaron escrita con la tinta roja de su sangre.

 

Para olvidar quién fuiste. Portada mayor

 

Fragmento del libro

Cuando el convaleciente soldado Lohaus recibió aviso para que acudiese con urgencia al único teléfono que poseía línea, su muy querida Moira, como él la llamaba, emitía el primero de una serie de aullidos que le recordaron, sin motivo, los saludos lunares del lobo báltico. La hora del parto se aproximaba y ella ponía sordina a los dolores con tan desconcertante resultado. La lustrosa comadrona, acalorada por el esfuerzo, respiraba como una locomotora de vapor en su vano intento de calmar y arrastrar tras de sí el pesado vagón de aquella jovencita. Moira reaccionó con disciplina pero sin fortuna, mostrándose como la primeriza valerosa e ignorante que era. Aunque se hallaba en esa edad fronteriza entre la pubertad y la conformación definitiva del cuerpo de mujer, deseaba aquella criatura con todos y cada uno de los latidos de su corazón acelerado. Un niño, pensaba, sacaría a Wilhelm del marasmo mental y la depresión física en que había caído tras reponerse del disparo que le interesó la rodilla derecha, dejándolo cojo.

Anna tardaría en nacer. No eran tiempos favorables, los meses de 1945 que culminaron con el asedio de Berlín, para venir al mundo a tiro de fusil del Reichstag. Resultaba comprensible que se resistiese a abandonar su confortable habitáculo, cambiando el diapasón cardíaco por el griterío y las bombas de la ciudad más castigada. Se demoró tanto que su padre no estuvo para cogerla en brazos y dedicarle el primer arrumaco. Un extraño deber, en una época de extrañezas, lo alejó de los suyos tras una nerviosa espera que no dio fruto.

A pesar del consuelo por haberse librado de una cesárea que ya daban por segura, la madre no pudo reprimir un gesto de desencanto al comprobar, entre sollozos, que el compañero de juegos que había soñado para Wilhelm no alcanzaría sus expectativas. Anna debería haber sido registrada como Peter Lohaus, y sobre aquella piedra habría edificado el hogar de una familia con más porvenir que historia. Moira, que figuraba en los papeles con un literario Gretl, entendió aquello como un mal presagio. Con Wilhelm apartado de ella y aquella criatura a la que no sabía qué nombre poner en su regazo, su reducido mundo se le venía encima como uno de los racimos de bombas que los rusos soltaban sin descanso. Anna fue la salida airosa, poco meditada, en homenaje a una de sus abuelas.

Wilhelm, sin embargo, no había hecho distingos al simular que celebraba la noticia del embarazo, fruto de un amor incomprendido y una relación carnal furtiva. No mostró nunca interés por el sexo del futuro vástago y no se manifestó tampoco en la apresurada despedida. En su situación, obligado a ausentarse en el momento crucial, no habría apreciado las diferencias que acarrearía marcar con un aspa una u otra casilla del formulario para el registro civil del retoño de la nueva Alemania. Su única reflexión al partir se había centrado en el estado del edificio que acogía el esfuerzo por parir de su amada. Aquella mole de hormigón con una de sus dos fachadas derruida, semidesnuda, sin agua potable, con luz intermitente y un único teléfono, no era el mejor sitio para venir a un mundo en decadencia, con un suelo salpicado de metralla y un aire azufrado. El soldado Lohaus lo sabía; el arquitecto Wilhelm Lohaus no albergaba la menor duda.

 

Publicaciones

Editorial Algaida, 2019. ISBN 978-84-9189-152-9.

 

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