Sinopsis

Cuando Fernando García Calderón se tropezó con los diarios africanos de Juan Ángel Santacruz de Colle, ocultos durante años en un arca de filigrana, no sólo halló la autobiografía de un hombre increíble a fuer de excepcional, sino también una prodigiosa aventura para todos sus lectores.

Nacido en la Sevilla de 1900, experto en libros antiguos y fundador de la logia de los Calígrafos, Santacruz llegó hasta el sultanato de Zanzíbar perseguido por espías nazis, tras participar en innumerables estafas y encontrarse fugazmente con Walter Benjamin. Allí aprendió un nuevo concepto de civilización, adoptó dos personalidades opuestas —el Gibraltareño John Cross y el árabe Jamshid A. bin Said— y se convirtió en un altruista de ideas estrafalarias que causaba admiración por donde pasaba. Su vida se debatió entre dos territorios y dos mujeres: la intrépida Anna Wyatt y la abnegada Aisha. Colaborador en la sombra de Julius Nyerere, fue apreciado tanto por los brujos isleños como por los intelectuales de la nueva Tanganica. Suyo fue el plan que revolucionó la historia de Zanzíbar.

Nadie muere en Zanzíbar es una novela de aventuras personales y colectivas, un relato sobre la epifanía salvadora de un europeo descorazonado y las ansias de libertad de los pueblos de África. Una historia de segundas oportunidad, donde la pasión, la dignidad y la justicia cobran toda la ambigüedad de la que es capaz el ser humano.

 

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Fragmento del libro

«Permítame que me presente. Mi nombre es Mei, porque nací con las lluvias más intensas que mi padre recordaba, las de un mayo que trajo desgracias a mi pueblo, pero siendo todavía niño lo perdí. Era un niño inquieto, habilidoso con la piedra y la madera, que gustaba de descubrir la naturaleza por su cuenta y riesgo. Un día, huyendo de una reprimenda, me subí a una acacia y me quedé allí a pasar la noche. Dormido, no escuché los gritos de los míos, afanados en mi búsqueda. Desde entonces fui Chui, que en su idioma significa leopardo; un felino solitario al que los árboles sirven de cama. Tengo otros nombres. Yusuf, Goa, Fernando y Ferdinand Okello. Me dedico a negocios de importación y exportación, para lo que recorro medio mundo todos los años. Vengo a España, sin embargo, por vez primera. Mi nacionalidad actual, facilitada por un matrimonio de conveniencia, es la inglesa. Soy divorciado y reconozco por hijo a un chiquillo despierto que estudia en un colegio de Londres y para el que querría construir un imperio. Cuando salí de mi tierra definitivamente, hoy hace un lustro exacto, juré no volver a pronunciar una palabra en swahili. El swahili es una lengua hermosa, sabe usted, pero propia de hombres sin riqueza, que nunca se librarán del yugo de ser africanos porque nunca sentirán de verdad el orgullo de serlo».

Así comenzaba el relato que un negrito del África tropical vino a contarle a la tía Luisa, superando con creces, entre los míos, la popularidad del de la canción del Cola Cao. Y así, con esa parrafada, daría comienzo mi aventura. Una aventura que me ha agitado como el cóctel que no se bebería James Bond, moviéndome por España y parte del extranjero.

La tía Luisa era hermana de mi abuela materna y siempre se dijo que había conservado una soltería heroica, edificada sobre las aguas pantanosas de un amor que la guerra se encargó de frustrar. Como se comprenderá, aquella anécdota del negrito tropical que hermanos y primos habíamos escuchado desde pequeños, útil para dormir a los más críos, nos parecía la fantasía de un deudor o deudora de Stevenson, de Conrad o, si se me apura, de Defoe, con aquella inocente ocurrencia de cambiar el día viernes por el mes de mayo. Y así habría seguido siendo de no haber recibido una llamada telefónica de mi abuela que quedó grabada en el contestador automático, reclamándome en Sevilla para un asunto inaplazable. Por infrecuente, aquel aviso me alarmó.

 

Publicaciones

Editorial Algaida, 2016. ISBN 978-84-9067-466-6.

 

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