La sonrisa del observador
Sinopsis
La sonrisa del observador compila las esencias de la extensa obra literaria compartida por Fernando García Calderón con su camarada y confidente F. Laboa, testimoniando el amor profesado tanto al relato con vocación de novela como a la miniatura que habita la página aislada, mundo plano sin finisterre ni posibilidad de conquista.
Fragmentado en siete bloques diversos, su mejor sumario lo ofrece el jurado que premió el segundo de ellos —da título al libro— “por la magnífica estructura literaria del relato y por conseguir transmitir, mediante un lenguaje ágil y culto, el calor humano de un personaje que lucha contra la soledad”. Una lucha que da cabida a todas las emociones, a todos los sentimientos, desbordando la condición del héroe hasta alcanzar el olimpo de los mortales.
- Este otro Laboa.
- La sonrisa del observador.
- Mitologías.
- Los escritores que hay en mí.
- No siempre salen las cosas como uno quisiera.
- Parejas.
- Esa angustia llamada soledad.
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Fragmento del libro
Hubo un tiempo en que el hombre rehuyó la ciencia, refugiándose en la ignorancia. Fue una época oscura, de nubes que cubrían el Sol y dibujaban presagios en el cielo, de noches ruidosas que arañaban horas a los crepúsculos. Los sabios se recluyeron, penando en pos del elixir de la vida y la piedra filosofal. Los libros denominaron alquimia a sus prácticas. Frente a estos, con igual o mayor secreto, una pequeña comunidad de estudiosos quiso alterar las leyes naturales mediante el movimiento de giro. Fueron llamados mareantes y siempre se les tuvo por víctimas de la insania. Un proverbio asegura que, cuando alguien enloquece, es porque lo cogió un remolino que le revolvió el pensamiento.
Esa rara alquimia del torbellino también perseguía la transmutación de los objetos, pero, a diferencia de la tradicional, no buscaba oro ni pócima milagrosa. Se fundamentaba en la creencia de que cualquier cosa que alcance la velocidad de rotación idónea se vuelve etérea, pudiendo trasladarse a través del espacio y el tiempo. La necesidad de una cura desencadenaba uno de estos viajes, partiendo de una fe inquebrantable en el ser humano futuro.
Yo nací mil doscientos treinta y dos años después de la venida de Nuestro Señor Jesucristo y fui un seguidor fiel de las enseñanzas de los mareantes desde una isla del Mediterráneo. El muy antiguo deseo de volar propició mis cálculos para aparecer a mediados del siglo XX en algún lugar indeterminado de Europa. El azar, tan vertiginoso como mi artefacto, me trajo a la ciudad de Dresde en la madrugada del 13 al 14 de febrero de 1945. Aquí me quedé, rodeado de muertos miedosos, en una fosa común. Jamás hubiera sospechado que el dominio de los cielos fuese la causa del Apocalipsis.
—El muy antiguo deseo de volar—
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Publicaciones
Ediciones Alfar, 2024. ISBN 978-84-7898-997-3.
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