Sinopsis

Susana de Susón, la más hermosa hembra de la Sevilla del siglo xv, es hija del acaudalado judío converso don Diego. Tan inocente como extravertida, pronto se tropezará con la Inquisición. Saldrá adelante con ingenio y bravura, en una existencia repleta de andanzas que la llevarán desde la convulsa España de los Reyes Católicos hasta la intrigante Roma de los Borgia.

En La judía más hermosa, Fernando García Calderón se apropia de una de las leyendas hispalenses más populares, dando vida a un personaje que escapa del oscurantismo y sumisiones del medievo para ganarse, por derecho, el dominio de sus actos. Susana de Susón —la Susona—, cuyo recuerdo impregna el barrio sevillano de Santa Cruz, simboliza el talento y el arrojo de la mujer que se sobrepone a la traición y triunfa en una época de vientos contrarios.

Fragmento del libro

Y así fue. Oía los murmullos a su espalda, mientras caminaba con toda la arrogancia de que era capaz. El sepulcro del cardenal Mendoza se hallaba en el presbiterio. El presbiterio de la catedral de Toledo, el lugar de mayor brillo para yacer per saecula saeculorum, reservado a los reyes. El vanidoso Mendoza, aun enfrentándose al cabildo, así lo dispuso dos años antes de su muerte. Hubo que cambiar de emplazamiento algunos túmulos reales para respetar su voluntad. Aquello se lo contó el sacristán que le franqueó el acceso. Con los ojos empañados, Susana le aseguró que había venido desde Sevilla, arrostrando peligros, para rezar ante la tumba del que fuera su mentor y amigo más íntimo. Aguantó la letanía de consuelo del sacristán, esbozó una sonrisa lastimera y pidió el lapso de recogimiento que el prelado merecía.

—No puedo evitar un pensamiento, cardenal de mis pecados y angustias —Susana rememoraba, con trágico sarcasmo, las últimas palabras que Mendoza le dedicó cuando ella intentaba salvar a su padre—. Seguramente no tuviste la oportunidad de imitar, en su sacrificio, a Jesucristo, aunque de buena gana yo misma te habría clavado en la cruz. Si hay divina justicia, serás cardenal en el infierno. Allí nos encontraremos.

Susana, sin ser vista, escupió sobre la tumba. Después, liviana, descargada de responsabilidades, salió a la calle. El gentío transitaba con prisa, ajeno a esa alma que, en aquel instante, pendía del fino hilo de una decisión. Guardaba, entre sus ropas, el frasco de azurita con el veneno que le suministrase el alquimista. Hizo amago de tocarlo. Notó, en cambio, un pinchazo en la yema del dedo corazón. Sacó la mano, comprobando que se había clavado la astilla obsequiada por el ermitaño. En condiciones normales no hubiese prestado atención a la herida. Ahora, quizá por la sensibilidad que le otorgaba haber concluido su herculana misión, miraba la sangre que surgía de la madera hundida en su piel como si fuese algo sobrenatural. Como si no se tratase de su sangre sino de la de aquel Cristo del monte Gólgota, o la del Diego Susón que entregó su vida por un desliz suyo, o la de toda una raza que pagaba las culpas de una crucifixión que el odio se encargaba de repetir cada día. Aquellas ideas extrañas pesaron, de repente, como la misma cruz. Elige lo difícil, Susana, oyó de labios de su padre. Estaba allí, y los suyos con él, confortándola, demandando de ella mucho más que el suicidio de la hermosa Susana de su historia de desamor. La sangre de aquella espina simbolizaba su propia muerte en el único calvario que podría conocer, el calvario de una calle anónima, rodeada de personas sin rostro ni nombre, judíos, árabes o cristianos, que poco importaban su raza y su credo. Llegaba el momento de la resurrección.

—Tengo treinta y tres años —pronunció en voz alta, completando aquel maremágnum de febriles razonamientos. Qué mejor edad para comenzar una nueva vida que la de un Cristo triunfante, unido ya, y para siempre, a su actitud agnóstica—. Treinta y tres —repitió, para terminar de asumirlo.

—Esta es de las que queman en la lengua —contestó una voz que ella solo hubiese atribuido a una de aquellas trampas de su entendimiento.

No era así. La muletilla que hiciera célebre el avispado Matías no era fruto de la enajenación, sino que salía de la boca limpia de un caballero con alcurnia y título. El hijo legitimado del marqués de Bocanegra, el de la medalla con las iniciales M y P, cursaba estudios militares en Toledo y quiso el destino, o el azar, que pasara por allí en aquel preciso instante. Fue tal el abrazo que se dieron que, de un soplo, se borró la inquietud de la mente de Susana. La mañana acabó en una hostería de postín, riendo ella las peripecias del caballero más pícaro que jamás conociera la nobleza de Castilla. Al despedirse, con los carrillos caldeados por el buen yantar, la suerte de Susana estaba echada.

—¿Volverás ahora a Sevilla? —preguntó Matías.

—Salgo para Roma mañana mismo.

Publicaciones

Editorial Algaida, 2023. ISBN 978-84-9189-853-5.

Enlaces externos