De lo visible y lo invisible

Sinopsis

¿Hasta qué punto una adivinación en un almanaque firmado por don Diego de Torres Villarroel, Gran Piscator de Salamanca, puede condicionar los últimos años de un modesto profesor de matemáticas que ha vivido el destierro en las Américas?

Martín Tadeo de Salvatierra, descreído y acosado por los achaques, viaja a Salamanca en busca de la verdad que esconde la vida y milagros de quien fuera el escritor de mayor éxito de ventas de la literatura española, el mayor genio o el mayor embaucador. Una peripecia que lo llevará a observar las maquinaciones por el poder en el periodo más convulso de la España del Setecientos y que le abrirá los ojos a una espiritualidad cuya naturaleza y secuelas pretendió siempre apartar de su camino.

Los primeros Borbones, la lucha soterrada entre políticos y nobles que se asoman al precipicio de la Revolución Francesa y el Madrid que florece como capital de un imperio en declive proporcionan el escenario para una trama que aviva, sin solución de continuidad, las grandezas y miserias del ser humano, sus aversiones y amores, su capacidad de redención.

De lo visible y lo invisible atraviesa el siglo XVIII para descubrir los misterios de Torres Villarroel y la semilla de nuestra era, confrontando la luz del conocimiento con las sombras de la superstición, el apego a lo tangible con las sorpresas de un mundo por desvelar.

 

De lo visible y lo invisible. Portada mayor

 

Fragmento del libro

Si la Providencia me obligara a referir uno solo de los atributos de tan ilustre personaje, no pondría el acento en sus dotes para el baile o el hurto, la sacristanía, la lidia, la medicina, la predicción de los astros, la matemática, la lengua y la deslengua. Ninguno de esos artificios pesaron más que otros en su larga vida y su breve muerte, por mucho que mentecatos y doctos se empeñen en recordar gestas dignas de romance y meteduras de pie forzado. Hablaría, vive Dios, de su fe en sí mismo… y en mí.

Tan honrado y denostado prohombre no era otro que don Diego de Torres Villarroel, y aquella rara laudatoria no había salido de mis labios, sino del corazón ancho y fiel de un recio italiano. Niccolò Furio Hermes d’Amodeo, dijo llamarse, y su parlamento venía a corroborar el acierto de dejar Sevilla y acudir al galope a la Salamanca de mis desengaños juveniles. Defensor de la razón como siempre he sido, aún me costaba sacudirme la perplejidad que me había causado su visita nocturna. De contener siquiera una pizca de verdad, estaría llamada a remover la esencia misma de mi credo. ¿Cómo eludir semejante desafío?

A mis años, unas cuantas jornadas y menos de un centenar de leguas bastaron para agitar mi mundo con las nuevas de una revolución en la vecina Francia y el hallazgo de lo invisible que el catedrático y astrólogo Torres había mantenido oculto hasta el instante de su muerte y, más allá, hasta mi indagación en el palacio de Monterrey, cuatro lustros más tarde. Un alzamiento popular en pos de la justicia y un oscuro enigma enlazados en mis entendederas desde el día que leí una décima del Gran Piscator de Salamanca, como mi mentor se hacía llamar cuando dejaba la toga de enseñante y tomaba la de mago, mudando en uno de los muchos mesías de un vulgo tan aficionado a los almanaques como lo fuera a los romances de ciego.

Fechado en Madrid, a 13 de noviembre de 1755, el «Pronóstico y diario de cuartos de luna, y juicio de los acontecimientos naturales y políticos de la Europa, para este año de 1756» incluía la más audaz de las predicciones. Aquellos versos no pasarán a la posteridad por su calidad literaria, sino por el prodigio que encierran.

Cuando los mil contarás
con los trescientos doblados
y cincuenta duplicados
con los nueve dieces más,
entonces, tú lo verás,
mísera Francia, te espera
tu calamidad postrera
con tu Rey y tu Delfín
y tendrá entonces su fin
tu mayor gloria primera.

Mil. Trescientos doblados que hacen seiscientos. Cincuenta duplicados que llevan a cien. Y nueve dieces más, noventa.

1000 + 600 + 100 + 90: 1790.

La calamidad habría de cernirse sobre el monarca y su heredero, poniendo término a la gloria del país de los eminentes impulsores del conocimiento y los deplorables gabachos. Torres había adivinado, con tres décadas de antelación, lo que pudo leerse en el Mercurio de España que abría la última de nuestro sacrosanto siglo. Luis José Javier Francisco, segundo hijo y primer varón de Luis XVI, falleció a la edad de siete años, sumiendo a su padre en un dolor al que seguirían, sin tregua, los levantamientos de julio. Había afinado tanto en su buena data que lo acontecido en la primavera y verano de 1789 se extendió como una bendita peste por toda Europa apenas unos meses después, coincidiendo con la cifra resultante de la aritmética misteriosa del Piscator.

Don Diego de Torres Villarroel, tanto tiempo después de recibir cristiana losa en el convento de los Capuchinos, insufló en mí el diabólico trastorno de la duda, peor si cabe que el mal fantasma que vino a ocupar mi cuerpo en tierras del virreinato del Perú. Sin él, nada de lo mucho cierto que aquí se ha de contar habría llegado hasta mis sentidos y mi pluma.

Publicaciones

Editorial Algaida, 2018. ISBN 978-84-9067-977-7.

Enlaces externos

1 Comentario

  1. Fernando Santos García

    18 marzo, 2018 a las 8:57 pm

    Extraordinaria novela escrita por el prestigioso Fernando García Calderón, con el estilo culto y especial que le caracteriza y que tan buenos frutos ha cosechado en sus anteriores novelas y narraciones, tratando con delicado esmero la vida y variada andanza de don Diego de Torres, literato afamado y personaje quevedesco, que tuvo verdaderos aciertos con su calendario que le daba pecunio suficiente para obtener prebendas y oficios tan diversos.

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