Me recomendaron que visitara la librería Cervantes. No, no hay que calzarse ni coger el bonobús. Ningún desplazamiento. Bueno, sí, hasta el ordenador más próximo.

 

www.cervantes.com

Entre otras cosas, la pulcra página web de esta librería tiene una muy estimable sección de Noticias, en la que, día tras día, pescan informaciones literarias aparecidas en los diversos medios.

La recomendación que recibí incluía una sorpresa. En la lista de noticias del día 5/09/06 figuraba la siguiente: “Sólo con invitación: Fernando García Calder…”. Dejando al margen el bonito pareado, provocado por la mala pata de mi ilustre apellido, se trataba de la crítica de Óscar Esquivias a La noticia. Os hablé de ella el pasado 14 de agosto.

http://latormentaenunvaso.blogspot.com/2006/07/solo-con-invitacin-fernando-garca.html

Reproduzco ahora la entrevista escrita que acompañaba a la reseña. Su interés, si alguno tiene, puede residir en que no discurre por los campos trillados de la literatura, sino que incide en aspectos más personales. Óscar, con su buen hacer, provocó alguna que otra confidencia.

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Por los escritores que cita en sus novelas, da la impresión de que su formación debe más a las literaturas extranjeras que a la española. ¿Las lecturas de sus personajes son también las suyas? ¿Qué narradores han sido más importantes para usted? ¿Se siente cómodo en la tradición española?

Me temo que sí, que mis personajes están sometidos a mis afinidades literarias, si bien no me siento adscrito a ninguna escuela o tendencia. Calificaría de autores importantes, para mí, a aquellos que han influido en mi formación como persona, más que en mi estilo de narrador. Desde este punto de vista, y sin meditarlo demasiado, mencionaría a Diego de Torres Villarroel, Aldous Huxley, Pirandello, Strindberg, Dostoievski, Böll. Todos ellos me permitieron, en distintas épocas de mi vida, abrir nuevos caminos a la reflexión.

Respecto a la tradición española, me siento más cómodo como lector sin pretensiones de estudioso. No voy más allá. He disfrutado con determinadas lecturas. Como lector, carezco de prejuicios. Sólo rechazo los libros que considero mal escritos.

El cine y la música también parecen haberle influido. ¿Qué debe a ambas artes?

Mucho, y por razones divergentes. Sin el cine no habría desarrollado mi fantasía. He viajado y he madurado emocionalmente (suponiendo que eso sea posible) con el cine. La música, en cambio, marca el compás íntimo. Modula estados de ánimo. Sin el jazz no existirían algunas de mis obras.

¿Ha escrito poesía? ¿La lee?

No, no he escrito poesía. La leo ocasionalmente. La percibo como un elemento más de la naturaleza, tan compleja y tan bella como un árbol o una serpiente de cascabel. En la poesía, las contradicciones del hombre se unen a las de ese dios (o Dios) que se dedica a fabricar mundos en seis días y un descanso.

Toda su obra denota un gran trabajo estilístico y también mucho rigor (y originalidad) en la forma. Da la impresión de que antes de comenzar a redactar una novela tiene planificada exhaustiva­mente la trama y conoce todos los detalles de su desarrollo, sin que haya lugar para la improvisación. ¿Es así? ¿Cómo es su pro­ceso de escritura?

No creo conveniente el control absoluto de la obra. Antes de comenzar a escribir una novela, paso meses estudiando la estructura que mejor se adecua a la idea de partida y a los conceptos esenciales que quiero introducir, analizando el carácter de los protagonistas, fijando las líneas principales de su argumento. Este largo proceso culmina cuando defino el tono expresivo del relato y su ritmo. A partir de ahí, me abalanzo sobre las teclas. ¿Qué queda a la improvisación, al menos parcialmente? Los personajes. No deben estar constreñidos, seguir una pauta rígida que los convierta en autómatas. Si una página ha de acabar en un parque, hay diversas formas de salir de casa y llegar hasta él. Sé que Nabokov se partiría de la risa si me oyera, pero (como es obvio para todo aquel que haya visto una foto mía o leído una de mis páginas) yo no soy Nabokov ni su reencarnación. Alguien dijo una vez que un Dios que lo comprende todo es un Dios débil. Como pequeño demiurgo, no me vanaglorio de esa debilidad.

Relacionado con lo anterior: los libros de cuentos, ¿los concibe como una unidad o les ha dado la estructura a posteriori, reuniendo obras afines?

Mis cuentos nacen sin cortapisas previas, como obras autónomas. Cuando me planteo la génesis de un libro, establezco su hilo conductor, su fondo y trasfondo. A partir de ahí, selecciono aquellos cuentos que encajan en esa concepción. Después comienza el trabajo de reescritura, para que esas teselas engarcen en el mosaico final. En esta delicada tarea, incluso he llegado a cambiar el sexo (entiéndase como una intervención literaria, sin cirugía ni conflicto psicológico) de algún personaje.

Usted mantiene desde hace años una página web, pero no ha publicado allí nunca su diario (o blog). ¿Se lo ha planteado alguna vez? ¿Qué le parece este fenómeno?

En una oportunidad escribí lo siguiente: “Los diarios son característicos de escritores que se hallan de regreso. Regreso de cualquier fenómeno que alcanzó el nivel de techo absoluto, regreso de la compleja nada que los astrónomos románticos denominan vacío”. Después tuve la osadía de soltárselo a Andrés Trapiello en la presentación de aquel libro. Ni que decir tiene que él no estuvo de acuerdo, pero sigo pensando igual. El diario ha de surgir de una necesidad, de un conflicto trascendente. Yo, escritor tardío, todavía estoy “de ida”, y la expresión a través de novelas y cuentos colma mis deudas personales.

En sí misma, la aparición de este híbrido de diario y diálogo que llamamos blog me parece estupenda. Cómo no. Internet, correctamente usado, es un potente sistema de información y comunicación; el blog es una de sus mejores aplicaciones, y establece una utilidad específica. El escritor del diario puede conversar con el lector, discutir sus puntos de vista, superar la barrera de espacio y tiempo que supone el papel editado.

Por último: dígame un libro que le haya cambiado la vida.

Permítame que sean dos. Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Con él aprendí a leer. Y La mujer zurda, de un Peter Handke muy anterior a sus actuales polémicas. Me quitó el miedo a la máquina de escribir.