Cuando era joven insatisfecho (valga la redundancia), creé un pequeño universo privado, cuajado de mitos. Si en música me mostraba más o menos convencional en mis gustos a la hora de construir el Olimpo, en literatura siempre me decanté por escritores que escapaban a los cánones de la época.

Durante años admiré, hasta la envidia jamás reconocida, a un tipo de Fort Sheridan, Illinois (EEUU), que lucía aire vaquero, un rostro inteligente y el nombre de Sam Shepard.

Trashumante teatral y escurridizo aventurero, componía la imagen deseable del autor que publica libros, vende poesía, estrena obras dramáticas. escribe guiones de cine, ejerce de actor y se defiende en la música. El summum para un  adolescente con ínfulas. Shepard tenía buena presencia, medía nueve centímetros más que yo y llevaba botas camperas. Shepard tenía a su lado a Jessica Lang.  Tenía por amigo al Wenders de El miedo del portero al penalty y Paris, Texas. Escribió el guión de Paris, Texas. Trabajó con Bob Dylan en Renaldo y Clara.

El camino, como suele suceder, me alejó de sus libros. Sus actuaciones en películas no me golpearon en la boca del estómago como Fool for Love. Envejecimos. Ayer murió por complicaciones derivadas de una penosa enfermedad. El destino vino a terminar con la vida de quien envidié echando mano de uno de los males que más temo. Una dolencia neuromuscular que ronda mi familia desde hace ya tiempo: ELA.

Has muerto, Sam, pero permanecerás en el recuerdo del chaval que, en alguna parte, aún soy.

 

Shepard