El cinéfilo y crítico Jacques Chevalier ha dejado constancia de la relación de Los espacios efímeros con el cine en un breve artículo que es reproducido íntegramente a continuación.

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El cine cobra tan significado protagonismo en esta novela de Fernando García Calderón que llega a actuar de contrapunto a su leitmotiv. Si lo efímero de nuestro yo y nuestra circunstancia es el eje central de la obra, esta se verá trufada de asesinatos que se sirven de escenas imperecederas de películas que hoy en día agitan la memoria de cualquier cinéfilo. El propio autor lo señala al afirmar que “el cine es inmortal en facetas que rebasan el relato del suceso”.

El lector de Los espacios efímeros podrá efectuar un curioso recorrido por la historia del séptimo arte, zambulléndose en el cine más negro de los años cuarenta y cincuenta, representado por La dama de Shanghái, El crepúsculo de los dioses o Cara de ángel, para alcanzar los exquisitos claroscuros de Lo importante es amar, El padrino o la inefable Crash de David Cronenberg. Y lo hará de la mano de un vengador socrático, guionista vocacional, que pondrá toda su inteligencia y hacer al servicio del último trabajo, destinado a dejar verdadera huella.

Con una estructura y línea argumental que rinde tributo al aclamado paradigma puesto en el papel por Syd Field, este libro huele a celuloide en cada una de sus páginas, conduciéndonos a través de sus once crímenes cinematográficos a un final épico que deparará un sorprendente guiño a los muchos mitómanos que frecuentamos las salas de cine que aún perviven. También ellas van camino de convertirse en esos espacios efímeros que describe la novela de Fernando García Calderón.

Como apunta el escritor, el buen cine es literatura hecha imagen.

—Jacques Chevalier—

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