En memoria

Paul Auster, según cuentan, murió ayer. De cáncer de pulmón. A los sesenta y siete años.

Llevaba tiempo enemistado con él. Desde que leí, no recuerdo ni dónde ni cuándo, que reconocía que su mejor obra ya había sido escrita. Su mejor obra ya había sido escrita y, sin embargo, seguía dándole a la tecla (lo que resultaba loable) y publicando (a todas luces, una estafa, pensé).

Al leer la noticia de su fallecimiento, he sentido pena. Nunca le di la oportunidad de que me explicara por qué había dicho aquello. Nunca llegué a ser tan brillante como para llamar su atención y, de paso, espetarle —con enojo— mi parecer.

Tras reflexionar, tratando de ponerme en su pellejo, llegué a una conclusión: ¿a qué otra cosa podría haberse dedicado? Un escritor, inútil por naturaleza, apenas sabe observar, escuchar y juntar letras. Discutir con vehemencia, si me apuras. Y que nadie me suelte lo del Auster cineasta, por favor.

Recordé una respuesta suya a una entrevista que le hicieron en el New York Times. «En mi humilde opinión —dijo—, las dos más grandes mejoras en la vida estadounidense en los últimos 20 años son la invención de TCM (¡una filmoteca en la sala de cualquier persona!) y los sellos postales que se adhieren solos». ¿Cómo se puede estar enfadado con alguien que muestra tanta inteligencia y perspicacia sin pretenderlo?

Ilustración de Jillian Tamaki para la entrevista titulada Los libros que acompañan a Paul Auster (22/01/2017).

El escritor publica para transmitir. Ideas, historias, emociones. El escritor publica para trascender, para pervivir. El escritor publica para… Creo que Auster quedó razonablemente satisfecho con lo logrado.

Pero, yendo un poco más lejos, queda la pregunta de las preguntas. ¿Quién o qué es el escritor? Y no vale la obvia respuesta que lo identifica con una persona pegado, como un sello moderno, al papel. Ni como el hijo, el marido, el padre, el comprador compulsivo de almendras (siempre a la caza de la amarga) o el devoto seguidor de Cervantes. Con Paul Auster la respuesta no se hace de rogar. Paul Auster es y será por siempre La trilogía de Nueva York. ¡Qué afortunado!

Fotografía de cabecera: Paul Auster pasea por Bilbao y habla, solo o acompañado.

Virtuosismo: Wallace Roney

Hoy, 31 de marzo, se cumplen cuatro años del fallecimiento del trompetista de jazz Wallace Roney, víctima de su tiempo y de covid-19.

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Si hemos de atenernos a la acepción 4 de nuestro diccionario oficial, Roney era un virtuoso. El virtuoso, podría decirse, en perpetuo idilio con su instrumento. Su mayor mérito: era capaz de tocar como Miles Davis sin que los expertos lograsen distinguirlo del original. Eso cuentan. Su mayor desgracia: era muy capaz de reproducir, nota a nota, cualquier trabajo del grandísimo Miles Davis.

Wallace Roney no llegaría a ganarse nunca la etiqueta de genio. No torturaba su trompeta, como hacía Miles, no abría nuevos caminos al jazz. Solo era un virtuoso. Un tipo que consumió miles de horas en depurar su técnica hasta hacerse merecedor del elogio y el padrinazgo del mismísimo Miles. Solo eso. Y, por ello, hubo osados que se atrevieron a tacharlo de simple imitador.

Pocas cosas hay más difíciles que el dominio pleno del sonido. El violinista —o concertista de piano— extraordinario goza del reconocimiento general. Toca una partitura escrita por uno de nuestros clásicos y hasta se le califica de «genio» de su instrumento. En el jazz, tan zarandeado, el virtuoso puede ser objeto de críticas tan refinadas que eructan un «no destaca como compositor» o un «es demasiado perfecto». ¿Existe la demasía en la perfección?

El virtuoso nos hace disfrutar de la creación del genio. Nos la ofrece en toda su pureza. Merece nuestro reconocimiento y aplauso. En el caso de Wallace Roney, se da la circunstancia de que, además, supo regalarnos discos de belleza singular, amalgama de modos y estilos, en los que demostró que sabía encauzar el talento propio y ajeno.

Si consultamos la entrada escrita en español que Wikipedia dedica a Roney, observaremos que su discografía concluye en 2012. Nadie se ha animado a actualizarla. Son varios las obras que publicó después de ese año. La última se titula Blue Dawn-Blue Nights. Yo la escucho cada 31 de marzo desde el aciago 2020.

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Si pulsáis sobre la carátula del disco, accederéis a Bookendz —el primero de sus temas—, archivado en YouTube. Es toda una delicia. La delicia que nos dejó el instrumentista virtuoso, compositor ocasional.

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Wallace Roney, trompetista. Un nombre para el respeto y el recuerdo.

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«Dream Scenario», un título para soñar

Hace unos días se ha estrenado en nuestro país una película protagonizada por Nicholas Cage. Nada de particular, diría el cinéfilo, acostumbrado a un actor con más de un centenar de personajes en su haber. En su debe, añadiría un amigo del anterior, crítico redomado.

Apenas recuerdo haberlo visto en mis años mozos en La ley de la calle y en Cotton Club. No se me olvidará en Peggy Sue se casó. Fue un dolor que aún perdura. Coppola, uno de mis directores, uno de mis creadores, trataba mejor a su familia que a sus obras. Recibió el óscar por Leaving Las Vegas y pensé que se lo merecía más Elisabeth Shue. Y luego… películas y más películas intrascendentes, con pequeños flashes y algún destello. Recientemente recuperé el espanto de los inicios sufriéndolo con su Drácula en Renfield.

Hasta ayer mismo, en que tuve la valentía de volver a enfrentarme a otro personaje suyo en Dream Scenario, una creación del noruego Kristoffer Borgli muy apreciable en todos los aspectos técnicos y en un buen número de los artísticos.

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Paul Matthews es un profesor con el deseo de escribir un libro sobre el comportamiento de las hormigas, un padre de familia riguroso, con dos hijas, y un ser humano con una aspiración difusa, poco definida: descollar. Lo logra de la manera más imprevista. Apareciendo de la noche a la mañana en el sueño de miles, de millones de personas que no pueden dejar de reconocerlo.

Lo que al principio parece un éxito gratuito acaba convertido en un lastre del que resulta imposible deshacerse. Los sueños mudan en pesadillas en las que él protagoniza toda clase de maldades. Podemos imaginar lo que va a ocurrir y ahorrarnos la angustia de verlo, pero recomiendo pasar el trago y padecer el calvario de este hombre que odiaremos en algún instante y comprenderemos a ratos.

  • Guion y dirección: Kristoffer Borgli.
  • Reparto: Nicolas Cage, Julianne Nicholson, Michael Cera, Dylan Baker, Kate Berlant…
  • Fotografía: Benjamin Loeb.
  • Música: Owen Pallett.
  • Duración: 1 hora 42 minutos.
  • Estreno en España: 1 de marzo de 2024.

Se ha dicho de Dream Scenario que es una película surrealista. Si hemos de hacer caso a nuestro diccionario, no creo que cumpla ninguna de las acepciones del término. Ni sigue la corriente artística de la década de los treinta del siglo pasado, ni es una obra irracional o absurda. Tiene una sólida base real y unos objetivos específicos y lógicos, crítica social incluida. Hay acontecimientos infrecuentes, puede que imposibles, pero su tratamiento no se anda por las ramas. Y ahí reside su grandeza. Y, probablemente, la conmovedora interpretación de Nicholas Cage, abrumadora en el exceso onírico y emocionante en su cruda verdad.

Dream Scenario es una película incómoda, desasosegante, aterradora cuando escapa de los sueños y se centra en su consecuencia. Una comedia, a decir de los críticos cinematográficos y sus etiquetas. Juzgad vosotros mismos.

El infierno y sus maravillas

La Biblioteca Nacional de España abre un nuevo (y entretenido) espacio permanente de libre acceso en su planta -1: El Infierno y las Maravillas.

Nada como el prólogo de la propia exposición para entender su significado e implicaciones..

En palabras de sus creadores, nos hallaremos en «un viaje desde el origen del libro hasta el futuro imaginado».

El nuevo espacio se ha articulado en cuatro salas, destinadas a efectuar un breve recorrido por la historia del conocimiento:

  • Creación, lectura.
  • Los infiernos tan humanos.
  • El libro de las maravillas (con la subsección de «Cartografías maravillosas» y «El libro expandido»).
  • Las máquinas de la memoria y el futuro.

Los discursos y formatos son diversos y otorgan amenidad e interés divulgativo a la exposición. Coexiste la rotunda presencia del libro en las clásicas vitrinas protectoras con el dinamismo de un sinnúmero de pantallas, murales, animaciones interactivas y vídeos. Todo ello tachonado por cronologías que ayudan a fijar conceptos y referencias temporales.

Y para que los visitantes de menor edad se animen a seguir esta aventura, las paredes ofrecen tiras de un cómic, obra de la artista valenciana Núria Tamarit, en el que una niña, un robot y un pececillo comentan lo visto y su reflejo.

.Terminaremos con una frase de Heinrich Heine que destaca la propia exposición y que no debería caer en saco roto:

Comisariada por Jorge Carrión y la propia BNE, la conceptualización del espacio es obra de Mario Tascón y la firma de diseño y consultoría Prodigioso Volcán.

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Sobre el silencio y su reverso

Una de las consecuencias del síndrome de fatiga crónica que padezco desde hace casi 25 años es la hiperacusia.

Que no se me entienda mal. Nunca tuve la inclinación de chivarme de las chiquilladas que hacían o decían mis compañeros, ni en el bachillerato más salvaje, ni en la universidad más recalcitrante y politécnica, ni en mi profesión de ferroviario ocupado en que los carriles formasen dos paralelas que no se aproximaran ni siquiera en el más remoto infinito. La hiperacusia, según cuentan, es la hipersensibilidad auditiva, creando intolerancia a la mayoría de los sonidos cotidianos. Me pasa hasta con el roce de una tela.

Al principio creí que tenía uno de esos superpoderes que te permiten vestirte con los calzoncillos por fuera y lucirte cazando enemigos de la ciudadanía de nombre ridículo. Pronto comprendí que mi gozo acabaría en el pozo de las decepciones. Oigo lo que habla por teléfono mi vecina —aguda, de voz, por cierto—, pero dejo de percibir con nitidez cuando se mezclan varios sonidos. De hecho, no distingo lo que me dice mi costilla si la televisión está puesta. Da igual el volumen de una u otra, indefectiblemente las palabras acaban convertidas en agresión acústica, amplio de orejas como vengo siendo desde que uso mascarilla para protegerme de los muchos virus, literales y figurados, que me rodean.

Rechazo el ruido tanto como aprecio el silencio. El silencio equilibrado, sensato, el que deja alcanzar la serenidad sin sentir el agobio de la nada. El silencio absoluto, lo confieso, me da grima. Concede un innecesario protagonismo a mi respiración. Y mi respiración es el peor de los ruidos, ya que carece de armonía y me recuerda que la vida pende de un hilo.

El silencio sensato, un raro trébol de cuatro hojas…

Mucho se ha escrito en favor del silencio. Destacable es la Biografía del silencio, de Pablo D’ors, si bien este ensayo lo asocia con la concentración, con la meditación, en un proceso que tiene por objetivo descubrir y descubrirse.

Me daba perfecta cuenta de que eso de sentarse sin hacer nada más era algo tan ajeno a mi formación y experiencia como, por contradictorio que parezca, connatural a lo que en el fondo yo era. Sin embargo, había algo muy poderoso que tiraba de mí: la intuición de que el camino de la meditación silenciosa me conduciría al encuentro conmigo mismo tanto o más que la literatura, a la que siempre he sido muy aficionado.

Alain Corbin, en su Historia del silencio, rastrea en textos que van desde el Renacimiento hasta el presente en busca de referencias al silencio. En su preludio, califica el silencio como «el lugar interior del que surge la palabra».

En otros tiempos, los occidentales apreciaban la profundidad y los sabores del silencio. Lo consideraban como la condición del recogimiento, de la escucha de uno mismo, de la meditación, de la plegaria, de la fantasía, de la creación; sobre todo, como el lugar interior del que surge la palabra.

Destacaré, igualmente, una obra singular. No sufrir compañía, de Ramón Andrés, que aborda escritos sobre el silencio pertenecientes a los místicos españoles de los siglos XVI y XVII. Pero, antes de alcanzar estos, nos deja un texto preliminar que nos explica qué ha venido siendo este sustantivo para escritores, filósofos y eruditos: «Es el silencio, o puede ser, un mandato del alma (Spinoza), lo que queda del mundo y de la muerte, su despojo (Shakespeare), aquello en que la forma se desconoce Agustín), el más fiel de los confidentes (Kierkegaard), la puerta de entrada de la sabiduría (Juan de la Cruz), el resultado de toda obra (Bergson), el espacio entre la aspiración y la espiración, que siempre es reinicio (Gadamer), el engarce entre los signos que buscan un sentido (Humboldt), lo previo frente a la trascendencia (Jaspers), lo no dicho e imposible de decir (Wittgenstein), el obligado camino entre el exterior y el interior (Heidegger), el modo de cubrir la distancia infinita (Weil)».

Tampoco faltan las máximas, apotegmas, aforismos y sentencias que versan sobre el silencio. Son muchas, muchísimas, las que han llegado hasta nuestros días. Casi todas relacionan el silencio del precavido con el comedimiento y la inteligencia, dejando para el parlanchín el desacierto y la crítica. Destacaría, no obstante, unas cuantas que expresan verdadero ingenio. Ahí van siete.

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Soy tan partidario de la disciplina del silencio que podría hablar horas enteras sobre ella

(George Bernard Shaw)

A los silenciosos no se les puede quitar la palabra

(Stanislaw Jerzy Lec)

De todas las reacciones posibles ante una injuria, la más hábil y económica es el silencio

(Santiago Ramón y Cajal)

El silencio es un verdadero amigo que nunca te traiciona

(Confucio)

Nada fortalece la autoridad tanto como el silencio

(Leonardo da Vinci)

Hay que guardarse de un agua silenciosa, de un perro silencioso y de un enemigo silencioso

(Proverbio judío)

El silencio es el ruido más fuerte, quizás el más fuerte de los ruidos

(Miles Davis)

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Superada la idea del silencio como musa creativa, Davis va más lejos al plantear su uso como parte de la composición artística. Algo fácil de entender en música, expresable con no poca limitación en pintura y escultura, y casi siempre insustancial en literatura. Insustancial porque, paradójicamente, constituye la estructura misma de la frase. Si pensamos en la unidad que denominamos palabra y acudimos a la definición del diccionario, nos encontramos la siguiente joya: «… se separa de las demás [palabras] mediante pausas potenciales en la pronunciación y blancos en la escritura».

Las notas musicales dan paso a la ausencia de sonido; las palabras se rodean de la pausa al hablar y del espacio blanco al escribir. El silencio, tan deseado, encuentra un aliado modesto en algunas acepciones del término «blanco». Si el silencio alcanza la categoría de dios en el mundo helénico, el blanco se hermana con ambiciones menores como la pausa, siempre breve, y el ruido que permite la relajación y el sueño. Son ruidos blancos, a decir de los entendidos, la televisión cuando se pone bajita, la radio sin sintonizar o el rumor del aparato de aire acondicionado.

¿Resuelto mi problema? ¡Quia!, que diría uno de mis tíos abuelos, hombre económico en cuyo honor escribí Desdén de la palabra. La televisión se llena de sobresaltos cada vez que llegan los anuncios, la radio tiende al chisporroteo más irritante y mi cacharro del aire es un ventilador que zumba como la más abnegada de las abejas.

En conclusión, raro es el día que no amanezco y me acuesto con la cabeza como un bombo, bombo yo y bombo mi superyó. No me extenderé en explicaciones baldías sobre lo que se cuece en mi azotea. Podéis contemplarlo en la obra que el pintor chileno Daniel Sepúlveda tituló, con inmejorable criterio, Ruido.

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—Y, visto lo visto, ¿qué opinas del silencio?

—¿Yo? Más vale que me calle.