Bien, si no entramos en detalles (Joan Colom)

Joan Colom ha muerto hoy, a la edad de 96 años.

Para quienes no sepan de él, diré que Colom es el fotógrafo de mis fantasías literarias juveniles, siempre aferradas a una España en blanco y negro, de sórdidas presencias callejeras.

Para los que sí han oído o admirado a Colom, manifestaré que es el mejor fotógrafo español de todos los tiempos. Y puedo ir más lejos, sin exagerar ni esto, para afirmar que es el autor de los más deliciosos retratos de culos femeninos que se hayan capturado con una cámara.

Lo curioso es que, como tantos otros artistas y escritores, vivió dos vidas. En su caso, la de contable en una empresa textil y la de testigo clandestino de los barrios desfavorecidos de Barcelona. Se paseaba con la cámara camuflada, a la búsqueda de la instantánea que expresase verdades. Sus planos en contrapicado son la mejor prueba de una realidad que rebasaba el criterio estético para alcanzar el apelativo de testimonio. De ahí las imágenes de faldas de tubo, ajustadas, que excitarían el sueño de una generación.

 

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Él jamás se toparía con este tímido relator, pero una de mis obras lo tiene muy presente: Como en alguna parte debió suceder, a la muerte de Davis. Gracias, Joan, por enseñarme lo que la distancia y mi corto afán de aventura podrían haberme ocultado sin remedio.

Pratchett sabía lo que hacía

No puedo afirmar que sea un admirador ferviente de la obra de Terry Pratchett. Mentiría. Pero sí puedo proclamar a los muchos vientos que Pratchett sabía lo que hacía cuando incluyó, entre sus últimas voluntades, el deseo de que el disco duro de su ordenador literario, el que contenía sus textos inacabados, fuese destruido sin dejar copia. Bueno, fue un poco más allá, pidiendo que el destrozo fuese causado por una apisonadora de vapor.

Ayer mismo, 25 del caluroso agosto de 2017, supe del trabajo de la preciosa apisonadora de nombre lord Jericho. La foto muestra —además de mi exquisito gusto—

Terry Pratchett y lord Jericho

que Pratchett tenía la cabeza en su sitio a pesar de ser diagnosticado de atrofia cortical posterior, una enfermedad degenerativa que provoca la pérdida y disfunción de las células cerebrales.

Nada duele más, para un autor vivo, que la obra terminada y entregada con precipitación. Pero imagino —sólo imagino— que debe provocar aún mayor desazón el relato inconcluso que cogen de tu escritorio para añadirle lo que se estime comercialmente conveniente y ofrecerlo al mundillo lector, amargándote la eternidad. De ahí que la resolución de Pratchett me parezca atinada hasta el aplauso.

No debería sorprendernos que el creador de Mundodisco dé signos de una inteligencia desarrollada. Son muchos los aciertos que se descubren en sus escritos, hasta el punto de que hay artículos que recogen sus sentencias más aplaudidas. Copio para vosotros un vistoso ramillete:

  • Conseguir una educación era un poco como una enfermedad de transmisión sexual. Te invalidaba para un montón de trabajos, y entonces tenías la urgencia de pegársela a alguien.
  • La gravedad es una costumbre difícil de olvidar.
  • La lógica es maravillosa, pero a veces obtienes mejores resultados pensando.
  • El problema de tener una mente abierta es que la gente insiste en entrar dentro y poner allí sus cosas.

Y dejo para el final toda una declaración de intenciones:

  • Dale fuego a un hombre y estará caliente un día, pero préndele fuego y estará caliente el resto de su vida.

No os sulfuréis. Es Pratchett, y no cabe malicia en sus frases. La mala baba está en vosotros.

Pecados de la razón

Confieso que, al menos una vez al día, paso revista a los periódicos digitales. ¿A cuántos?, pregunta el curioso de turno. No sé, seis o siete, para que nadie diga que me caso con tal o cual tipografía, ya sea de derechas, centros o izquierdas.

De cuando en cuando, no voy a negarlo, una información me hace sonreír. Animalitos y gestos humanos nobles, principalmente. Pero, en momentos de debilidad, también se me escapa esa peculiar orientación de labios y comisuras al leer algo bochornoso, fruto de la estupidez o la picardía de un congénere.

Diría que, en estos casos, se produce uno de esos pecados de la razón en los que ésta se deja arrastrar por el instinto más primitivo y, en consecuencia, más proclive a confundir el bien y el mal. Un ejemplo bastará para explicarme.

Parte amistoso de accidente

 

Si el automóvil golpeado no es el propio, el ingenio de Paco nos arranca la sonrisa. Si, por contrario, somos los infortunados destinatarios de la misiva, maldita la gracia. ¿No es verdad? Voto a bríos, qué débiles e incongruentes solemos ser.

Aunque, pensándolo mejor, siempre nos queda la opción de acudir a Gila para justificar la humorada que causa daño y exclamar una de las frases siguientes, según del lado que nos toque:

  • Me habéis matao al hijo, pero me he reído…
  • Ahí va cómo se pone. Pues si no sabes aguantar una broma, tío sin gracia, pa qué has venío.

Dodo, Dodo… dogson

Si he de pensar en aves que se extinguieron por culpa de la irracionalidad del hombre, siempre acude a mi mente el dodo. El dodo se asocia, en mi pequeño bagaje cultural, a Lewis Carroll.

Lewis Carroll nació Charles Lutwidge Dodgson y, siendo tartamudo, eligió para sí este animal que, entonces, se consideraba bobo. Basta con pronunciar dubitativamente el apellido del bueno de Charles para asociarlo.

En las conocidísimas ilustraciones de John Tenniel, destaca por derecho la estampa de Alicia alargando la mano para entregar o recibir de la del dodo —que también luce humanas extremidades— el dedal que había llevado en el bolsillo. Aquí el dodo se muestra reflexivo y no falto de ingenio. La ciencia lo corrobora y viene a decirnos en estos días que el famoso Raphus cucullatus era un animal inteligente y agresivo.

Dodo. Talk Talk

Con más de 13 kilos de peso, incapaz de alzar el vuelo y endémico de la isla de Mauricio, carecía de depredadores naturales. Hasta que llegó el hombre y su marinería, que lo empleó como alimento en ruta. En 1681 ya habían desaparecido de la faz de la Tierra.

Investigadores modernos sostienen que el dodo no asumió con docilidad su extinción. Era extremadamente agresivo, sobre todo en la época de cría, y empleaba su largo pico ganchudo como defensa. Incluso hay registros de exploradores daneses alertando del arma de guerra que podía llegar a ser su boca.

El dodo es un ejemplo para la especie humana. Un ejemplo que debe avergonzarnos y, simultáneamente, hacernos recapacitar para que, por una vez, no seamos el burro que tropieza de nuevo en la misma piedra. Ballenas, elefantes, tigres y orangutanes lo agradecerán.

La voluntad

Pocas veces se verá una foto de una carrera de atletismo como ésta. Isaac Makwala, de Botswana, corre en solitario para clasificarse en la prueba de 200 metros del Campeonato del Mundo que se viene celebrando en Londres. Una gastroenteritis de origen vírico, la reglamentación inglesa en materia de contagios y la IAAF jugaron en su contra. La protesta oficial de la federación de su país posibilitó que compitiese. Lo hizo solo, dejando una imagen para la posteridad.

Cualquier escritor que se precie se habrá sentido como Makwala en algún momento de su vida, compitiendo no se sabe bien con quién ni por qué, en una frenética carrera que, para más escarnio, carece de meta —casi siempre—.

No creo necesario decir que el voluntarioso atleta se clasificó.