Robot

Podría decirse que nací con el deseo de convivir con un robot, sin importarme su tamaño, color y nacionalidad. Hijo único, aficionado a la lectura, pronto tuve a mi alcance un libro con hermosas ilustraciones que contaba la historia de un humanoide extraordinario. Viajaba por la Vía Láctea resolviendo entuertos. El instinto me hizo añorar un futuro en que mi fantasía se convirtiese en realidad.

Hoy, canoso, celebro el comienzo del año 2017 con la firme convicción de que éste será el esperado. Anclado en la cincuentena, aguardo con ansiedad la noche de Reyes. Tengo el pálpito de que esta vez sí que se cumplirá lo solicitado en mi carta. Llevo tantos lustros portándome bien que ya toca.

¿O no?

Recordando al mago Coppini

Coppini no era un músico. Tenía música, como todos los magos. Coppini era uno de ellos. Uno de los de verdad.

Contornos ( ) Coppini. Ladron de Bagdad

Coppini poseía la magia de quien hace arte de la palabra, del tono, del gesto, seduciendo a la concurrencia. Era el mago por antonomasia. El que nos deja boquiabiertos, como chiquillos que no salen de su asombro, con la única ayuda de su garganta, su cara de payaso triste y sus manos. Dio un nuevo significado al término “prestidigitación” mientras cantaba

Cena recalentada cuando llego tarde a casa,
la imbécil de mi hermana que me pica y que se pasa,
la loca de mi madre que me chilla y no se cansa
y el viejo derrotado que se baba y amenaza.

¿Dónde has estado?
¡Mira qué facha!
¿Qué horas son éstas?
Vete a la cama.

Un beso en un portal, un abrazo, hasta mañana,
qué hombre me sentía cuando a ti te acompañaba.
Tú lo eras todo y yo era nada,
pisábamos los charcos, tan lejos estabas.

Germán Coppini era un mago, pero necesitaba un pequeño grupo de asistentes que le ayudasen con el número. Músicos. Buenos músicos que encajasen sin rubor unas letras desaforadas, cargadas de símbolos. Los tuvo en Golpes Bajos. Junto a ellos fue grande, excelso, rico en matices y carente de ellos. El grupo murió joven, como Germán,  pero dejó huella en el gusto musical y literario de más de una generación.

No es fácil simplificar en una estrofa toda una carrera, pero resulta un hermoso ejercicio de revisita que querría también para mí. En el caso de Coppini y sus Golpes Bajos, hay mucho donde escoger: Malos tiempos para la lírica, No mires a los ojos de la gente, Hazme un nueveHansel y Gretel, Cena recalentada, La virgen loca… Yo, sin embargo, no dudo un instante.

Tema : Son escenas olvidadas.

Son escenas olvidadas,
repetidas tantas veces.
No se ama a los sumisos,
simplemente se les quiere.

Se encuentra al comienzo del disco A Santa Compaña y merece ser escuchado una vida entera, cada día. La instrumentación de inicio, el ritmo complejo o acomplejado, la voz de entrada, la estrofa del elogio y una frase, pronunciada en un susurro, que caló en mi corazón hasta fundirse con sístoles y diástoles: “Te quiero, mi vida”. Os dejo el enlace a YouTube en la trasera del disco.

Contornos ( ) Golpes Bajos. A Santa C. Trasera

 

Coppini murió un 24 de diciembre, hace ya tres años. Me topé con él en una ocasión, callejeando por Madrid, pero no lo saludé. Respetuoso siempre con la intimidad de los demás, omití decirle que algunos de mis relatos llevan sus canciones como música de fondo.

Caracoles con mala baba

El ser humano es sedentario por naturaleza. Una afirmación que cae por su peso cuando nos embarcamos en un cambio de morada. Bastarán unos días de organización de los enseres y de revisión de cajones y estanterías para empezar a sentirnos desubicados, irritables, hasta arrepentidos. Con las uñas negras por el polvo y la cabeza aturdida por el volumen a trasladar, el plan de partida nos parece una insensatez de marca mayor.

Imaginemos ahora que hablamos de un señor que podría pintar canas si quisiese, escritor con miles de libros y miles de folios, que pisa el mismo suelo de parqué desgraciado desde hace treinta años, medio autista, enemigo de los cataclismos que suponen un retraso de minutos en el aseo, la alimentación o la escritura. El drama está esbozado. Con semejante planteamiento, la novela caerá en el nudo gordiano de la desesperación, alcanzando un desenlace con úlcera gástrica y crisis existencial.

Pensemos, sin embargo, que el sujeto se encuentra en una de esas encalmadas creativas que le vuelven reflexivo en exceso. Dedica entonces su perspicacia a percatarse de las trastadas que el prójimo realiza con naturalidad, perjudicándolo. Un compañero de profesión que, tras años de amistad, sale una buena noche por peteneras, descubriéndose como un ingrato dispuesto a jugársela a su misma madre. Un familiar que le revela un secreto engorroso, que hubiera preferido desconocer. Un editor que ignora, culpablemente, sus importantes mensajes. Hasta alguien que nunca padeció la crisis de los treinta, o de los cuarenta, necesita un aliciente de cuando en cuando. Y qué mejor aliciente que cambiar de rutina y de paisaje.

¿No será acaso que el hombre es sustancialmente nómada y fue domesticado por su circunstancia? Porque, si acierta a quitarse la porquería de las uñas y desprecia la mayoría de esos objetos que realmente no son su vida, vivirá la ilusión de ser el mismo y otro a la vez, sin el peligro de la tan cacareada bipolaridad que los psicólogos y psiquiatras nos venden hoy en día.

Hace unas semanas colgué el cartel de cerrado por mudanza hasta nuevo aviso. Ahora soy un caracol con la casa a cuestas, sin mala baba.

Mendoza y el falso Sugrañes

Hace unos días, el 30 de noviembre, Eduardo Mendoza fue galardonado con el premio Cervantes por poseer, entre otras virtudes, “una lengua literaria llena de sutilezas e ironía”. El jurado aquí enmascara simple y llanamente el dominio que atesora Mendoza cuando de crear tragicomedia se trata.

Fue en 1978 cuando ideó un personaje único, anónimo, con un trastorno mental y una fina inteligencia que le permiten valorar las desventajas de no ser un paria y las ventajas de parecerlo. Su agudeza y sus ansias de libertad son apreciadas por la policía, que lo usa para resolver crímenes a cambio de unos días de desencierro, lejos del manicomio, y unas Pepsis. Así fue y así es. A pesar de su fealdad y su complexión nada agraciada, puede pasar por muchos sin más disfraz que su tono de voz y unas habilidades innatas. Recurrirá una y otra vez al nombre de Sugrañes, su médico.

Conocí a Mendoza gracias a una película que rescuperé anoche mismo: La cripta. Dirigida por Antonio del Real, contó con el laureado Mendoza a la hora de escribir el guión. No juraré que resultó un buen largometraje, pero en aquellos 110 minutos del año 1981 se repartían, como las pepitas de almendra en el helado de turrón, indudables alicientes. El mayor, que José Sacristán componía con la eficacia del actor experto el hermoso personaje del detective, tonto y lince. Su pronunciación cuando escapa de su boca, como un exabrupto, el socorrido Sugrañes es un tratado de esa sutileza e ironía que le atribuyen, con razón, a Mendoza.

Después llegarían, para mí, las novelas de don Eduardo, creciendo éste en mi valoración a medida que fui descubriendo que su obra constituía una rara avis en el panorama literario nacional.

Contornos ( ) Mendoza. El innombrado detective

Las buenas, buenas de verdad, son las dos primeras. Tan buenas que hacen que su pluma se haga merecedora del premio Cervantes y de cualquier otro premio que se precie. Sean cuales sean, el avispado y falso Sugrañes los dignificará.

Caminos divergentes

No cabe duda de que, en estos tiempos de la segunda década del siglo XXI, los recursos para comunicarse se han multiplicado en cantidad y calidad. Hoy en día, amigos de bachillerato mantienen el contacto tras separarse para iniciar sus carreras universitarias o trabajos profesionales. Hay sencillas herramientas, vía teléfono o correo electrónico, para hacerlo con rapidez y comodidad. Pero, aunque cueste creerlo, no fue así siempre.

Hace un siglo que no sé nada de Astudillo, mi compañero y amigo en el colegio de los Salesianos de Triana (Sevilla). O de Muñoz, con quien compartí bachillerato y aficiones musicales en el instituto Cardenal Cisneros de Madrid. O, sin ir más lejos, de Vega, camarada en Caminos y lector empedernido de Boris Vian. El teléfono fijo nunca se nos dio demasiado bien y escribir cartas quedaba reservado para las novias y los compañeros que marchaban a destiempo a cumplir el servicio militar. Era otra época, desde luego.

La pregunta que me surge, tras meditar sobre los pros y los contras, va un poco más allá de la simple idea física de comunicación. ¿Qué utilidad tiene? La mayoría de los minutos que se consumen gracias a la electrónica moderna son estériles. Por insustanciales o porque es tal la lejanía afectiva o intelectual que se establece entre las personas con el paso del tiempo que los diálogos carecen por completo de interés.

Y ahí se halla el meollo de la cuestión. La nostalgia nos induce a pensar que todo tiempo pasado fue mejor. Especialmente, si la realidad te golpea. Hablas con alguien al que hace mucho que no ves, alguien que apreciaste de verdad y, en un momento, te percatas de que no hay ningún vínculo entre vosotros que pueda ser salvado. El nexo se marchitó hasta pudrirse, víctima de la distancia y de eso que solemos llamar maduración. Maduráis y vuestros caminos divergen hasta llegar al incómodo silencio. Sólo os quedará el último recurso: “¿Qué sabes de…?”.

No siempre ocurre, pero, por desgracia, es muy frecuente. He tenido en la vida tantos desengaños de este género que temo enfrentarme a encuentros inesperados, casuales o forzados por un alma voluntariosa. Rara vez salgo bien parado de ellos. Entras con la imagen idealizada de alguien querido y sales manteniendo el tipo a duras penas y con la amargura del culpable. No debería ser tan crítico, tan susceptible, tan mordaz, tan… puñetero. No, no es tu carácter el que causa la desconexión. Son las personalidades de los dos, de todos, que evolucionan y se alejan por caminos divergentes.

Dicen que el roce hace el cariño y que, por el contrario, ningún noviazgo sobrevive a la distancia. Ya sabéis.