Amnios

Fernando García Calderón nació en Sevilla, en una calurosa noche del agos­to de 1959. Tardó tanto en nacer que se ganó, entre chistes y bromas pesa­das, la fama de contestatario que hoy lo acompaña.

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Más tarde, párvulo desenfadado, declararía: “Se estaba tan bien allí dentro, ju­gan­do a los astronautas”.

Un traslado profesional paterno lo llevó a Madrid con apenas diez años, en cuyo padrón sigue figurando. Estudiante en el instituto Cardenal Cis­ne­ros, de honda raigambre bachiller, entre sus muros aprende el respeto a las huma­nidades y a las porras de la policía preconstitucional.

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Suyas son las palabras que acompañaron, a modo de titular sustancioso, una de las inter­ven­ciones dispersoras de los hombres grises: “Ignoraba que los caba­llos supie­sen subir las escaleras de mármol de dos en dos”.

Un tupido velo se extiende sobre su biografía en los años siguientes. Renace de sus cenizas en el 82, cuando termina los seis miuras seis de la laureada ingeniería de Caminos, Canales y Puertos. Su especialidad: transportes.

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Si se le pregunta por aquel periodo oscuro, responde con evasivas: “Disfruté de la amistad de algunos amigos duraderos y de los bocadillos de salchichón de la cafetería”. Si se le insiste, con ardor periodístico, sobre por qué eligió seme­jante carrera, contesta: “Me gustaban tanto los trenes”.

Tanto le gustaban que ingresó en Renfe ese mismo año, permaneciendo vinculado al ferrocarril hasta la actualidad, en que desempeña sesudas fun­cio­nes de investigación e implantación de nuevos materiales y técnicas para la vía.

Restando importancia a tan trascendente labor, ironiza: “Cualquiera que co­noz­ca el brillo de espada toledana de un buen carril o el aroma a leche des­na­tada de una poliamida 66 con 35% de fibra de vidrio sucumbe al encanto de un paseo por la vía férrea”.

¿Y de la literatura, qué?

“Ah, la literatura. La literatura es…”, responde sin acertar a sustituir los puntos suspensivos por una explicación coherente.

En desventaja con una trayectoria encauzada hacia la obra civil y la gestión ferroviaria, la literatura se abre paso en su vida con eficaz parsimonia. Afi­cionado a la letra impresa desde adolescente, lector irredento, hasta 1989 no se plantea escribir con asiduidad, remitiendo a partir de entonces sus relatos a diversos certámenes de nuestra geografía. Fruto de esas bregas son unas cuantas anécdotas que cuenta sólo cuando se anima —alguna graciosa, no crean—, un puñado de premios y menciones y un libro que ve la luz en la primavera de un afortunado, para él, 2000. El mal de tu ausencia, lo tituló exorcizando un par de fantasmas privados.

Alcantarilla, Murcia, 1995

En el colmo de la locuacidad, el 31 de julio de ese año, entrevistado por el diario ABC de Castilla-León, declara: “Me considero escritor por voca­ción. Atesoré una inquietud que quedó acallada con los estudios de Ingeniería y primeros años de actividad profesional. Precisamente en Valla­dolid, me estrené enviando un cuento al premio Jauja. Quedé primer finalista y eso me dio el impulso imprescindible. En octubre del 94 decido que he de convivir con esta fiebre recurrente y redoblo mi esfuerzo. Desde entonces alterno cuento y novela”.

“Es seguro que algún día dejaré de ser ingeniero, por ley de vida o por deci­sión heroica, como alguno de mis personajes. No lo es menos que nunca dejaré de escribir. ¿Por qué escribo? Diría, sin ánimo de ser pretencioso, que por ne­cesidad. ¿Qué busco con ello? Ser leído, transmitir algunas de las emociones y sentimientos que conforman nuestra grandeza e insignificancia.”

Después renegaría de esas palabras, contrastadas por nuestros reporteros. Disponemos del recorte de prensa y hemos verificado que en otoño de 1994 renunció a su cargo de director de Estudios y Tecnología en Ferrocarriles de Vía Estrecha (Feve) para ampliar su horizonte literario.

En 1997 se arma de valor y presenta su primera novela al premio Félix Urabayen, organizado por el Ayuntamiento de Toledo, resultando ganador del mismo. El vuelo de los halcones en la noche es publicada en julio del 98. El jurado expresó su euforia por tan original trabajo en los siguientes términos: “Tras breves delibe­raciones, por unanimidad de los miembros presentes se adoptó el siguiente acuerdo: 1) Conceder el premio (…) al trabajo seleccionado con el nº 25, cuyo autor responde a la siguiente identificación: Fernando García Calderón. Y no habiendo más asuntos que tratar, se da por finalizada la sesión…”.

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“¿Eh?”, acertó a manifestar el autor al conocer la noticia, informado por telé­fono.

Su segunda novela, El hombre más perseguido, llega a las librerías en abril de 2000 —editorial Algaida—, tras haber obtenido el premio Ateneo-Ciudad de Valladolid en su XLVI edición.

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García Calderón aprovecha la presentación oficial del libro para justificar su apre­cio a los concursos literarios: “En una época de abundancia, en la que dife­­renciar el grano de la paja exigiría de las editoriales una dedicación reñida con la premura de tiempo, no es fácil el acceso a éstas para autores que se mueven al margen de capillas, grupos de influencia o mecenas televisivos. Los premios literarios proporcionan la oportunidad de ser leído, de darse a cono­cer. Son surtidores de ilusión. En ocasiones, verdaderos oasis en una dura tra­vesía del desierto. No se trata, por tanto, de satisfacer egos o hinchar globos de vanidad. Sino de algo mucho más valioso: la supervivencia. Litera­ria, obvia­mente, pero tan preciosa para mí como la real”.

1 Comentario

  1. María de los Ángeles Garcinuño

    15 abril, 2015 a las 8:46 am

    Muy mono, el autor, en la tina.

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