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Bromberg · Pastorius

Durante los peores momentos de la pandemia que nos diezmó hace dos días como quien dice, hubo un disco que me ayudó en mi aislamiento mental y físico.

Título: Portrait of Jaco ; autor: Brian Bromberg.

Conocida, entre los pocos que se acercan a mí, es mi admiración por Jaco Pastorius, el más grande bajista que ha existido en este universo y todos sus paralelos. En 1976, con una portada en blanco y negro que solo mostraba su nombre y su esencia, vio la luz un LP tan original como maravilloso. 42 minutos de placer sin aditivos ni colorantes. Formado por nueve temas, dos de los compuestos por el propio Pastorius, Continuum y Portrait of Tracy, figuran ya en los anales de la música para bajo, de la música de jazz y de la música en general.

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En 2002, un magnífico instrumentista apellidado Bromberg del que Wikipedia dice que es uno de los pocos bajistas que han sido capaces de aplicar con éxito la técnica del «tapping» a dos manos, popularizada por Stanley Jordan en la guitarra, publica Jaco, álbum de homenaje a Pastorius. La mejor prueba, su portada. Su mejor baza, el atrevimiento y la ausencia de pudor.

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Brian Bromberg —no confundir con David, maestro de la guitarra, la mandolina y el dobro— es un músico refinado e inteligente. En lugar de mostrarnos sus dotes y procurar una imposible comparación con el homenajeado, elabora versiones con una instrumentación exquisita, llenas de belleza, que animan la mente nublada de cualquiera.

El disco original no llegó a mis manos hasta esta misma semana. Yo guardaba como oro en paño una versión japonesa, publicada solo un año después con el acertado título de Portrait of Jaco. Cuenta con un tema menos y un orden distinto y, probablemente, más impactante. He aquí la lista completa:

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01. Portrait of Tracy

02. Continuum

03. Teen Town

04. A Remark You Made

05. Three Views of a Secret

06. Tears

07. Slang

08. Come on, Come over

09. The Chicken

10. Teen Town [Piccolo Bass Version]

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Pero volvamos sobre la música, que es lo que importa. Sobre las joyas antes mencionadas, Portrait of Tracy (2:54) y Continuum (7:40), que abren e iluminan mi apreciado tesoro. Escuchadlas, por favor, sin prejuicio, sin miedo a los breves toques de orquestación, sin pensar que no hay quien haga sombra al gran Jaco. Estas versiones no lo pretenden. Han sido elaboradas desde el aprecio al autor y a sus admiradores. Disfrutadlas, solo eso. Tienen más de veinte años y pervivirán.

{Pulsar sobre el título para enlazar con el tema en YouTube}

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Portrait of Tracy

  • Brian Bromberg <> Bajo acústico y arreglos.
  • Alex Acuña <> Percusiones [y componente, junto a Pastorius, de los míticos Weather Report de Black Market].
  • Tom Zink <> Teclados, programación y arreglos.

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Continuum

  • Brian Bromberg <> Bajo acústico, bajo sin trastes, bajo piccolo acústico y arreglos.
  • Joel Taylor <> Batería.
  • Tom Zink <> Piano, teclados, programación y arreglos.

Naked Eyes: voces en mi cabeza

Juran que a principios de los ochenta del siglo pasado el desconocido grupo Neon contaba en sus filas con Byrne —Pete, nada que ver con David—, Rob Fisher, Roland Orzabal y Curt Smith. La separación acaba provocando, tras algunas vueltas y revueltas, el nacimiento de un par de dúos de muy diferente trayectoria: el exitoso Tears for Fears de Orzabal y Smith, y el breve pero intenso Naked Eyes.

Por aquel entonces, y sirva la referencia para contextualizar, en España dan sus primeros pasos Danza Invisible y La Mode.

Pete Byrne nos aclara el origen y propósito del tándem:

Iba yo un día caminando por el puente Pultney, en Bath, cuando vi a Rob siendo brutalmente abordado por una chica que estaba de muy mal humor. Intervine entonces en favor de Rob (aunque la robusta mujer fácilmente hubiera podido con nosotros dos), lo rescaté y nos fuimos a un lugar tranquilo en donde discutimos los pros y los contras de formar una banda juntos.

Dos horas después ya teníamos un plan brillante: escribiríamos canciones, conseguiríamos alguien que nos patrocinase, firmaríamos un contrato con una discográfica y, poco después, alguno de nuestros temas se convertiría en un hit.

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Naked Eyes no duraría. En su lápida figura el corto periodo 1982-1985. Pero cumplieron. Y, aunque fue retomado por Byrne años después del fallecimiento de Fisher, nada volvería a ser igual. Dos discos de larga duración dan testimonio de su existencia:

  • Burning Bridges, 1983.
  • Fuel for the Fire, 1984.

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Voices in my head, cabecera del vinilo de partida, será el título que les permita dar por satisfecho el objetivo primigenio, el one-hit wonder de la pareja que quiso quemar puentes y echar gasolina al fuego.

Buenos ritmos, un manejo inteligente de los sintetizadores y unas gargantas que armonizan con belleza y efectividad son las cualidades que me llevaron a tirarme un mes saltando de Everybody wants to rule the world a este Voices que se quedó en mi cabeza para siempre. No es un trabajo excepcional, pero merece la pena escuchar sus ajustados tres minutos y medio… siempre que se eluda la contemplación de las imágenes del vídeo. No hay más que ver las carreritas de Byrne y Fisher para comprender que mi aviso no es cosa de broma.

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Giacomo Sutherland

Si Max von Sydow es Antonius Block, el caballero que se enfrenta a la Muerte en una partida de ajedrez convertida en engaño y sacrificio, Donald Sutherland ha de ser, necesariamente, Giacomo Casanova.

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Pero no un Casanova cualquiera, sino el auténtico, el de Fellini. Basta leer unas páginas de la Historia de mi vida escrita por el ínclito para comprender que sí es posible simplificar la figura del héroe hasta convertirla en personaje, porque el propio don Giacomo así lo quiso. Y así lo entendió el director. Como lo entendió, igualmente, el actor, insuperable al mostrar las edades y maduración del mito.

La primera vez que vi la película se me hizo larga. La segunda, sus 148 minutos transcurrieron de manera ordenada, musical, ofreciendo a manos llenas eso que llaman «la magia del cine». Un cine que, en realidad, no era tal, sino una fastuosa obra de teatro en múltiples escenarios. Nada como ver a Casanova remando en plena tormenta, sobre un océano de plástico —el plástico con que se fabrican las bolsas de basura— cuajado de amenazantes olas.

Con todo, Giacomo Sutherland no es, ni mucho más, actor de una sola película. Sutherland salva el personaje que toca, por mala que sea la obra. Hizo de todo y lo hizo bien. Inolvidable en MASH, Novecento y La invasión de los ultracuerpos, inmortal en Klute, recibió un óscar por su trayectoria en 2017. El premio que te condena al ostracismo y, aun así, siguió trabajando.

Actor de sonrisa cínica e irrepetible, canadiense por más señas, también fue modelo para uno de mis personajes de novela. Gratitud eterna por el regalo.

Descanse en paz con todos los honores mientras continúa, inasequible al desaliento, en nuestros cines, televisores y pantallas de cualquier tecnología.

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Alcaraz en Manhattan

En Manhattan, la película, el desengaño amoroso de Isaac Davis —Woody Allen hecho personaje—culmina en una escena en la que enumera un puñado de razones para seguir viviendo. El clásico «cosas por las que merece la pena vivir». En mi memoria, uno de esos motivos que cita, tumbado en el sofá de su piso, es el tenista Jimmy Connors.

Hace unos días me reté a localizar la escena. Tomé el vídeo y lo recorrí a esa velocidad en que todos, protagonistas y secundarios, parecen teleñecos con habla de pitufo. La encontré en el minuto 84 y me dispuse a disfrutarla. Allí estaba Woody Allen, micrófono en mano, grabando una mezcla tan heterogénea como dudosa. Comenzaba por Groucho Marx y seguía con Willie Mays, el segundo movimiento de Júpiter —la sinfonía número 41 de Mozart—, una pieza de Louis Armstrong, las películas suecas —así, sin molestarse en precisar—, La educación sentimental de Flaubert, Marlon Brando, Frank Sinatra, las manzanas y peras de Cézanne…

Ni rastro de Connors.

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Interior, noche cerrada

Aporreo las teclas del ordenador rebuscando en internet. Hallo varias páginas que lo mencionan. Una, en concreto, recoge una reflexión sobre el uso que Allen hace del tenis en sus películas. Visto lo visto, solo hay una conclusión posible. El doblaje y los primeros subtítulos empleados en nuestra lengua reemplazaron a un famoso jugador de béisbol —deporte ignorado en la España de 1979— por un conocidísimo tenista.

No es la primera vez que me topo con esta suerte de trampa. Comentadas son las singulares traducciones de las cintas de los Hermanos Marx, verdaderas adaptaciones al gusto y conocimiento de los espectadores de nuestro país. Si la traducción es en sí misma una de las labores artesanas más complejas y desagradecidas, agregar a esta las condiciones de contorno que impone el comercio cinematográfico —incluida la sincronización del sonido con el movimiento de los labios— da como resultado un imposible artístico.

Resuelto el enigma, me centro en lo que importa: la lista. La de Isaac Davis contenía once maravillas y finalizaba con el rostro de Tracy, alter ego de la encantadora y jovencísima Mariel Hemingway. Pienso en cómo sería la mía y no tardo en completarla. Bueno, completo una, luego otra, y otra…

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El problema de este tipo de esfuerzos es la desactualización. Desde los años ochenta del pasado siglo ha llovido lo suyo y, aunque Mozart hace tiempo que no compone, se han sucedido los deportistas con derecho a pedestal. Jimmy Connors, el falso invitado en Manhattan, bien podría ser reemplazado por Roger Federer o Rafael Nadal. Pero, si me meto en la piel de celuloide del previsible Isaac Davis, sospecho que la elección, hoy en día, sería rápida e indiscutible: Carlos Alcaraz, aplaudido en Manhattan tras su triunfo en el torneo Abierto de Estados Unidos de 2022.

Repito la escena con Alcaraz y no puedo evitar la sonrisa. Por un instante, me he imaginado la pronunciación de Woody Allen al nombrarlo. Definitivamente, soy (casi) como un niño. Un niño que se pirra por la taxonomía, el cine y el tenis.

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Cartel para el 15 de junio

Ayer mismo recibí de Algaida un bonito cartel anunciador de la próxima firma en la Feria del Libro de Madrid.

Os lo dejo debajo.

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