En Manhattan, la película, el desengaño amoroso de Isaac Davis —Woody Allen hecho personaje—culmina en una escena en la que enumera un puñado de razones para seguir viviendo. El clásico «cosas por las que merece la pena vivir». En mi memoria, uno de esos motivos que cita, tumbado en el sofá de su piso, es el tenista Jimmy Connors.

Hace unos días me reté a localizar la escena. Tomé el vídeo y lo recorrí a esa velocidad en que todos, protagonistas y secundarios, parecen teleñecos con habla de pitufo. La encontré en el minuto 84 y me dispuse a disfrutarla. Allí estaba Woody Allen, micrófono en mano, grabando una mezcla tan heterogénea como dudosa. Comenzaba por Groucho Marx y seguía con Willie Mays, el segundo movimiento de Júpiter —la sinfonía número 41 de Mozart—, una pieza de Louis Armstrong, las películas suecas —así, sin molestarse en precisar—, La educación sentimental de Flaubert, Marlon Brando, Frank Sinatra, las manzanas y peras de Cézanne…

Ni rastro de Connors.

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Interior, noche cerrada

Aporreo las teclas del ordenador rebuscando en internet. Hallo varias páginas que lo mencionan. Una, en concreto, recoge una reflexión sobre el uso que Allen hace del tenis en sus películas. Visto lo visto, solo hay una conclusión posible. El doblaje y los primeros subtítulos empleados en nuestra lengua reemplazaron a un famoso jugador de béisbol —deporte ignorado en la España de 1979— por un conocidísimo tenista.

No es la primera vez que me topo con esta suerte de trampa. Comentadas son las singulares traducciones de las cintas de los Hermanos Marx, verdaderas adaptaciones al gusto y conocimiento de los espectadores de nuestro país. Si la traducción es en sí misma una de las labores artesanas más complejas y desagradecidas, agregar a esta las condiciones de contorno que impone el comercio cinematográfico —incluida la sincronización del sonido con el movimiento de los labios— da como resultado un imposible artístico.

Resuelto el enigma, me centro en lo que importa: la lista. La de Isaac Davis contenía once maravillas y finalizaba con el rostro de Tracy, alter ego de la encantadora y jovencísima Mariel Hemingway. Pienso en cómo sería la mía y no tardo en completarla. Bueno, completo una, luego otra, y otra…

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El problema de este tipo de esfuerzos es la desactualización. Desde los años ochenta del pasado siglo ha llovido lo suyo y, aunque Mozart hace tiempo que no compone, se han sucedido los deportistas con derecho a pedestal. Jimmy Connors, el falso invitado en Manhattan, bien podría ser reemplazado por Roger Federer o Rafael Nadal. Pero, si me meto en la piel de celuloide del previsible Isaac Davis, sospecho que la elección, hoy en día, sería rápida e indiscutible: Carlos Alcaraz, aplaudido en Manhattan tras su triunfo en el torneo Abierto de Estados Unidos de 2022.

Repito la escena con Alcaraz y no puedo evitar la sonrisa. Por un instante, me he imaginado la pronunciación de Woody Allen al nombrarlo. Definitivamente, soy (casi) como un niño. Un niño que se pirra por la taxonomía, el cine y el tenis.

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